Germán Abdala


23 años pasaron…

13 de julio del 2016

Cuando alguien valioso se muere se refunda en mito. Un aura mágica se posa sobre todas sus imágenes y detalles. Pero el de Germán Abdala no es de aquellos mitos que engordan anécdotas de ciencia ficción. Su vida fue ejemplo de un militante integral.

Hoy se cumplen 23 años de la muerte de Germán. Su presencia sería hueso y cuña vitales en tiempos de penumbras. Aportaría claridad intelectual, mirada lúcida, hombro militante.

Tendría apenas 61 años. Sí, 61.

Si estuviera acá, habría rumbos que jamás se hubieran quebrado. Lo firmo en sangre.

Adoraba el mar. La playa. Santa Teresita. Le brillaban los ojos ante esa inmensidad salina. Caña de pescador, asado con los amigos y ese mar que lo colmaba. “Un puerto es un lugar encantador para un alma fatigada de luchar por la vida. La vastedad del cielo, la arquitectura móvil de las nubes, las coloraciones cambiantes del mar, el centelleo de los faros, son un prisma maravillosamente apropiado para distraer los ojos sin cansarlos jamás. Las formas esbeltas de los navíos, de complicado aparejo, a los que el oleaje imprime oscilaciones armoniosas, sirven para mantener en el alma la afición al ritmo y a la belleza. Y además, y sobre todo, para  el que no tiene ya ni curiosidad ni ambición, hay una especie de placer misterioso y aristocrático en contemplar, tendido en un mirador o acodado en el muelle, toda esa agitación de los que parten y de los que regresan, de los que tienen aún fuerzas para querer, deseos de enriquecerse o de viajar”, escribió el poeta Charles Baudelaire. Parece escrito para Germán.

Peronista y de Boca. Ambas cosas de corazón. Y negro, con mayúsculas, de barrio, de clase popular. Lucía orgulloso esos tres estandartes: peronista, bostero y negro.

Inteligente y compinche. Hacedor de sueños y de gestas históricas. Militante siempre, en todos lados, en cada bocanada de vida, en cada trocha, en sendas creadas en tupidas selvas.

Sin escalas. Del Colegio Industrial a pintor en la Secretaría de Minería. Y en un abrir y cerrar de ojos sus compañeros lo eligieron delegado. Puro carisma y el corazón en las manos abiertas, para quien precisara. Ahí conoció a uno de esos hermanos, de esos que solo te cruza la vida de tanto en tanto, como sutiles excepciones y de los cuales no te separás más, aunque no haya parentesco de sangre: Víctor de Gennaro. Y con el Tano, aunque Germán, el Turco, le decía Negro. Eran uno. ¡Hicieron quilombo porque había que hacerlo! No se podía ser tibio. No lo fueron. Fundaron ANUSATE, para recuperar a la Asociación de Trabajadores del Estado de la burocracia. Lo hicieron, ganaron, recuperaron, gestaron. Soñaron una central de trabajadores y la hicieron. Sin parar de creer, de forjar, de alumbrar.

Fue también diputado nacional, mostrando que desde ese lugar se puede defender la causa de los trabajadores y del pueblo. Durante su mandato se sancionó su Ley de Convenciones Colectivas de Trabajo para los estatales, que hoy se conoce como Ley Abdala.

Pero hace 23 años un cáncer hijo de puta, que se le instaló en la base de la columna vertebral se lo llevó. Dolor brutal y 26 operaciones. Una ausencia que es como una daga fría en el alma.

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