Cuando alguien valioso se muere se refunda en mito. Un aura mágica se posa sobre todas sus cosas y detalles. Pero el de Germán Abdala no es de aquellos mitos que engordan anécdotas de ciencia ficción. Su vida fue ejemplo de un militante integral.
Hoy se cumplieron 17 años de la muerte de alguien que si hoy estuviera aquí aportaría claridad, mirada lúcida, hombro militante. Hoy tendría apenas 55 años. Sí, sólo 55.
Adoraba el mar. El océano. La playa. Santa Teresita. Le brillaban los ojos ante esa inmensidad salina. Caña de pescador y asado con los amigos.
Peronista y de Boca. Ambas cosas de corazón. Y negro, con mayúsculas, de barrio, de clase popular. Lucía orgulloso esos tres estandartes: peronista, bostero y negro.
Inteligente y compinche. Hacedor de sueños y de gestas históricas. Militante siempre, en todos lados, en cada bocanada de vida, en cada trocha, en sendas creadas en tupidas selvas.
Sin escalas. Del Colegio Industrial a pintor en la Secretaría de Minería. Y en un abrir y cerrar de ojos sus compañeros lo eligieron delegado. Puro carisma y el corazón en las manos abiertas, para quien precisara. Ahí conoció a uno de esos hermanos, de esos que solo te cruza la vida de tanto en tanto, como sutiles excepciones y de los cuales no te separás más, aunque no haya parentesco de sangre: Víctor de Gennaro. y con el Tano, aunque Germán, el Turco, le decía Negro. Eran uno. ¡E hicieron cada lío! Fundaron ANUSATE, para recuperar a la Asociación de Trabajadores del Estado de la burocracia. Y lo hicieron, ganaron, recuperaron, gestaron. Soñaron una central de trabajadores y la hicieron. Sin para de creer, de forjar, de alumbrar.
Fue también diputado nacional, mostrando que también desde ese lugar se puede defender la causa de los trabajadores y del pueblo. Durante su mandato se sancionó su ley de convenciones colectivas de trabajo para los estatales, que hoy se conoce como ley Abdala.
Pero hace 17 años un cáncer hijo de puta que se le instaló en la base de la columna vertebral se lo llevó. Dolor brutal y 26 operaciones. Una ausencia que es como una daga fría en el alma.
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