Esteban Echeverría-Ezeiza


Barro y aviones

25 de junio del 2009

Todo es un ruido incesante. Alzás la vista y un avión llega o sale. Salís unos kilómetros de esa ciudad que es el aeropuerto internacional y te encontrás caminando en un paisaje suburbano bien bonaerense: calles de tierra, barrios humildes, hombres y mujeres que resisten.

El viaje es como todos los viajes en el tren suburbano, cada estación te marca el paisaje; una radiografía de clases sociales. Tomando el Roca lleva unos 40 minutos llegar a Monte Grande, cabecera del partido de Esteban Echeverría, y a medida que uno se acerca ve un paisaje más plano, clima de barrio, de bruma. En las calles de los barrios están los chicos en la vereda, juegan con lo que encuentran, cada trasto es un juguete, una distancia abismal a los pibes encerrados en barrios privados y jugando juegos de ficción y muerte en la tele. En los barrios se sueña el futuro. Se sueña en grande. Se sueña la vida. En el barrio siempre hay cosas por hacer, urgentes, el mundo es más hostil e inminente y breve, muchas veces. Cuando llueve no hay nostalgia de poeta o enamorado, hay que resolver que el agua no entre a la casa, porque las calles se anegan, porque el colectivo no entra y los pibes se quedan sin colegio. Y ahora el cielo está gris, turbio, un pibe aferrado a una bicicleta, cruza, malabarista en el barro. Los vecinos relojean las nubes. No dicen nada, pero seguro no piden agua. Estos días de frío la gripe estragó. Y si no hay salita cerca las madres se apechugan, abrigan, y si hay salita son tan poquitos los turnos que dan que una familia nunca termina de atender a sus hijos. Habla María Magdalena, narrando historias del barrio y del aguante. Suelta la picardía. Un hoguera surge de un tacho con un gran agujero improvisado como cocina. Se fríen unas milanesas en el comedor comunitario. La serpiente siniestra del hambre. Aparecen los perros, raza perro, son como siete, a una le cuelgan las mamas, dio cría hace poco. Se meten bajo las mesas, a ver si cae un hueso.

En estos barrios la CTA hizo pie, se instaló para dar un mano, gestionar la comida con el Estado, organizar la barriada. Y esta CTA en particular, se mueve en una delgada línea; de un lado, barriada profunda; del otro, el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, un barrio de otras características, otro mundo, un barrio que te lleva a otros universos, donde nunca se descansa, donde se hablan todos los idiomas, donde todas las mercancías circulan, donde 90 aviones por día llegan y salen. Y allí se organiza los trabajadores del personal civil de las Fuerzas Armadas, del Senasa. Se habla de radares, control aéreo, pasajeros, importaciones y exportaciones, productos, siglas, modos distintos. Hay un centro de formación para controladores de radar, responsables de ordenar las rutas de los aviones, hay 60 compañeros del Senasa que corren de punta a punta para hacer su trabajo. En esos dos mundos que parecen ajenos se mete, hace cuña, organiza, la CTA.

La pequeña perra blanca, con un lazo azul gastado en el cuello y con manchas marrones, camina con dificultad y cuando se detiene repiquetea incesantemente sobre sus patas traseras, como si tuviera resortes. “La mordió un rotwailer”, cuenta uno. “Pero sigue, es terca”. Metáfora cruda de la resistencia en el territorio.

La Victoria no es barrio, es asentamiento, te dicen los entendidos. La pura verdad es que es barrio porque los vecinos así lo sienten. Porque lo hicieron de la nada, cambiaron pastizales, matorrales y basura por hogares, es el sueño de ser. La búsqueda. Porque la pobreza es un torniquete y por eso son dignos. La precaridad no la da la forma de vida, la dan los funcionarios que no hacen su trabajo.

La Victoria está ubicada a cinco kilómetros del centro de Monte Grande y para llegar, el último tramo de un kilómetro que ha que cruzar, es de tierra endurecida, ondulante, cercada por yuyales y basura. Pero anda a contarle ese detalle técnico a los vecinos. Esto es La Victoria. 1.700 personas que sueñan y, a paso firme, van consiguiendo cosas. Lograron que llegue el 501 al barrio, aunque a veces se hace la rata si llovizna un poco. Están peleando por asfaltar, que llegue la luz, el agua potable, incluso ya hay un principio de acuerdo para comprar los terrenos. Hace un par de años no había nada acá, hoy se ven muchas casas terminadas, otras en proceso de construcción, y el comedor de la CTA que el año pasado se sostenía con palos y lona y que el viento azotaba sin cesar hoy es una casa con todas las letras donde todos los días comen 100 personas. Hoy: milanesas, arroz con arvejas, jugo de naranja y duraznos en almibar de postre. “Empezamos con una chapita y cuatro palos, después nos robamos unas chapas para que no se nos vuele y traíamos leña a hombro del monte”, cuenta Ramona, la referente, mientras sirve la comida y tiene en sus brazos a su bebé de tres meses. Tres tandas de vecinos pasaron hoy por el comedor, pero no cunde la frase “el que comió voló”. Escuchan a Jorge Ravetti, secretario adjunto de la CTA y general de ATE, que pone a consideración una carta dirigida al intendente de Esteban Echeverría, Fernando Gray. Hay descontento y le piden que enfrente la “cruda realidad que nos impide avanzar en nuestra situación cuando tenemos las calles intransitables, cuando la oscuridad nos impide salir de nuestras casas cada vez que se hace de noche, y cuando escuchamos que se están haciendo cloacas en el distrito y nosotros al agua ni siquiera la podemos tomar, porque no contamos con agua corriente. Cada vez que llueve intentamos salir sin éxito de nuestras casas, porque el estado de estas calles, que entre otras cosas no cuentan con asfalto, es caótico, con lo que significa que nuestros chicos no puedan asistir al colegio, que si nos enfermamos no podamos acercarnos al Hospital, y que vivamos prácticamente un encierro encubierto, sumado a la inseguridad que generan las calles sin luces como las nuestras y el temor que genera en todos los vecinos que nos encontramos desprotegidos. Porque así como nosotros no podemos salir, de la misma manera nadie, ni la policía ni ambulancias ni parientes o amigos, pueden entrar para tendernos una mano”.

Barrio 9 de Abril, en la humilde casita de Graciela de dos habitaciones donde vive con sus ocho hijos, funciona los lunes, miércoles y viernes un merendero comunitario. A pesar de que no es día de merendero circula el mate, las tortas fritas y la chocolatada. Es matemática pura, el que menos tiene da lo poquito que posee. A pesar de que es jueves hay una veintena de vecinos reunidos en el terreno de Graciela. Charlan, se escuchan, se tiran ideas: “un horno para hacer pan casero”, sugiere una; “la señora que sabe hacer sábanas puede enseñarnos y armamos una cooperativa”, las abuelas tejedoras piensan en una textil; “hay que seguir pidiendo los materiales que faltan para terminar el merendero, pasa que en tiempo de elecciones los políticos se hacen los vivos”. Se observa una estructura de ladrillos de buenas dimensiones, pero sin ventanas, puertas ni techos; ese es el lugar donde los vecinos quieren que funcione el merendero. Los problemas aparecen como zarpullidos: “la salita de salud no da más de 8 turnos de pediatría por día y hay que ir a las 4 de la mañana para conseguirlo. El barrio tiene poca luz, la ponen en el centro, en las avenidas donde no las necesitan y acá en la placita cuando oscurece es tierra de nadie, pasa de todo. Los ricos se creen que la seguridad solo es un problema de ellos”, contragolpea Graciela.

“El intendente no llega a donde tiene que llegar, en el colegio dan leche a los chicos hasta cierta edad y en el verano nada. Hay crisis de vivienda, de trabajo, las mujeres sostienen el barrio y los hombres salen a ver que encuentran, alguna changa: Pelean por el laburo que nunca aparece. Esa es la pelea, el laburo”, relata Graciela Muñoz, referente del Movimiento de Acción Barrial (MAB-CTA), en torno al cual se organizan 10 comedores y 8 merenderos en Esteban Echeverría y Ezeiza. “No es sencillo se ven familias con ocho pibes, familias numerosas, donde también están los abuelos que no tienen nada para comer. Algunos comedores abren de noche, otros incluso los sábados, y hasta se llevan los tuppers a las casas”, completa.

La CTA y ATE consigue la comida del Estado para sostener los comedores y merenderos: 5000 kilos de Provincia; 10.000 de Nación; y 6000 de los municipios de Esteban Echevería y Ezeiza. Se trata de carne, verduras y comida seca.

Hay una carta

El magnánimo edificio del Correo Argentino ubicado en pleno microcentro porteño hoy ya no sirve para enviar cartas. Hace ya un par de años que la sede central está en pleno Monte Grande. Allí más de 600 trabajadores han intentando plantar bandera contra dos contendientes pesados: la patronal y los sindicatos reconocidos. Pero desde hace dos años el hartazgo por la situación laboral produjo asambleas, organización, militancia. A pesar de los intentos de destruir a la nueva organización gremial, de las filmaciones clandestinas de las asambleas de trabajadores, y de las intimidaciones a los referentes, estan dando pelea. Aquí están sus testiomonios, anónmios, para evitar las represalias: “Hace dos años, hartos de las condiciones de trabajo, de la falta de respuestas de los gremios y los delegados, que se abrieron de gambas, paralizamos por tres días el Correo. Ahí el sindicato empieza a convocar a asambleas porque veía que nos estábamos rebelando, pero igual se les terminan yendo de las manos. El 13 de mayo del mes pasado hicimos una nueva asamblea general en la que además de los trabajadores del Correo vinieron los carteros de zona norte, sur y oeste de la provincia, éramos más de 500, ahí se empezaron a asustar. Sus prácticas habituales es la no consulta a las bases, ellos pactan los salarios con la patronal, ellos nos quitaron la conquista histórica de las seis horas diarias de trabajo. Esas asambleas fueron filmadas por los sistemas de seguridad que tiene Correo Argentino y a partir de esa visualización la empresa convocó a cerca de 200 trabajadores para que señalaran a los `cabecillas´de la asamblea y porque no respetábamos la autoridad de los dos gremios `naturales´”.

Cuando cuentan las razones por las cuales ya 200 empleados del Correo se afiliaron a ATE explicaron: “El fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre libertad y democracia sindical nos terminó de convenecer y ATE fue el gremio que nos abrió sus puertas y nos está ayudando”. “Los muchachos tienen un miedo lógico –dice Ravetti- pero no los vamos a dejar solos, sabemos que será una batalla durísima, pero ellos cuentan con nosotros”.

El vuelo más difícil

Entrar en un aeropuerto es como entrar a una ciudad. El movimiento es incesante, repetitivo y el tiempo no para nunca. Detrás de los millones de pasajeros que anualmente circulan por Ezeiza, el aeropuerto más importante del país, el personal civil de las Fuerzas Armadas, enrolado en la Asociación Trabajadores del Estado (ATE-CTA), está dando una pelea de esas que pueden hacer historia. Oscar Villabona, es controlador de tránsito aéreo, y habla con pasión de un oficio que ejerce hace más de 20 años y a días de un traspaso histórico que genera incertidumbre 1.490 trabajadores civiles. Es que el 1º de julio está previsto el cambio de administración hacia la órbita civil. “Estamos de acuerdo con el traspaso porque nosotros siempre defendimos salir de la órbita militar y no estar regidos por los militares, pero nos preocupa la falta de interés demostrada por parte del Ministerio de Defensa, la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) y del Comando de Regiones Aérea (CRA) en dar respuesta a los diferentes y constantes reclamos sobre futuro de los trabajadores civiles afectados por el traspaso a la nueva administración civil. Hay mucho personal contratado, los salarios son bajos y falta más gente, no sabemos que pasará con el escalafón, no hay presiciones tampoco sobre el CIPE (Centro de Instrucción, Perfeccionamiento y Experimentación”. La recorrida por este centro educativo regional de excelencia (único en el continente) nos muestra un mundo desconocido para la gran mayoría. Un sala de adiestramiento que simula pieza por pieza el centro de observación del aeropuerto, aulas, salas con teconología de punta donde uno observa en tiempo real el tráfico aéreo, otra sala para simulación manual. La charla con los docentes, con los responsables del centro nos muestra a mujeres y hombres apasionadospor su oficio y comprometidos por una actividad de alta complejidad. Se preocupan por el futuro. Piensan al país. En 2008, 7.700 estudiantes de todo el mundo pasaron por este centro que cuenta con una sala en la que se instaló el único simulador radar (INDRA) en Latinoamerica, que además de cubrir las necesidades de capacitación y adiestramiento para los controladores de tránsito aéreo en el Control Radar, se puede usar como sistema operativo alternativo en caso de emergencia. “El CIPE tiene la única carrera de grado en América Latina, la Licenciatura en Gestión del Tránsito Aéreo, más de 50 cursos y cumple en todo con los anexos de la Organización Internacional de Aeronavegación Civil (OACI), pero quienes vendrán son asesores llegados de Chile que hay tenido múltiples reuniones con nosotros pero sin fruto alguno porque no entienden la lógica del sector en la Argentina, no hay tenido en cuenta la idiosincracia nuestra ni las necesidades de los trabajadores. Faltan días para el traspaso y nadie sabe que pasa con su obra social, su situación laboral y el caso más conflictivo es de los 44 docentes del CIPE, con los cuales no se sabe que va a pasar, algunos hace 25 años que ejercen ese cargo y ahora no se sabe que va a pasar ¿cómo puede ser que estas personas no digan que van a hacer con un centro de capacitación como no hay en el mundo? La formación es central para el crecimiento, para el mejoramiento de una actividad compleja como esta, es el único motor para el cambio”.

Poner el pecho

Dos áreas de trabajo son las que se tiene el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) en el aeropuerto internacional: Control de Equipaje de Pasajeros; y Cargas, que a su vez se subdivide en dos: vegetales y animales. Para semejante carga, que abarca los 365 días del año y las 24 horas, sólo hay 60 trabajadores. “Para la cantidad de funciones hace falta más gente y por eso hay servicios que no se están haciendo como se deberían”, explica Luis Leffen, jefe de Control de Equipaje de Pasajeros y delegado de ATE. “La actividad aerocomercial crece a un nivel muy acelerado, desde el 2005 viene haciéndolo entre un 5y un 11% sostenido, y Ezeiza concentra el 93% de ese movimiento, se trata de un promedio de 90 vuelos diarios y tenemos solo 6 inspectores que deben dividirse para el control de Aduana en dos sectores y los 9 scaners. Está claro que no alcanza”.

“El área de control de equipajes pasajeros se creó hace 10 años a instancias de ATE, donde verificamos cuestiones como barrera sanitaria, carga comercial, tanto exportación como importación, residuos, ya sean plagas o enfermedades, encomiendas postales. Esto muestra el compromiso de ATE con el mejoramiento del Estado, hemos presentado muchos proyectos para fortalecer el Senasa, incluso el de incorporar al organismo a la tasa aeroportuaria para generar recursos propios, para optimizar los controles”.

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