El de la vida de santo


Buscando a Leonel

21 de marzo del 2014

Hoy, el miedo. Podemos empezar diciendo que todo el miedo que hoy nos infunden para quedarnos escondidos en casa sin hacer nada, para Leonel Rugama nunca significó nada. Nada de nada. Su breve vida de 20 años fue ofrendada, a puro coraje, a los ideales revolucionarios.

Es que yo quiero hablar de la vida. De esa que exuda pasión desde todos los rincones. Y esa es la vida que Leonel Rugama eligió vivir: porque soñó con amores imposibles, con días de lluvia, también con estrellas naciendo de recovecos oscuros y con ternuras que cambiaran el mundo. Porque vivió siempre su vida en un estado terriblemente poético. Por todo eso es que él era revolucionario. A pocos les calza con tal precisión esa palabra mística. Cada acto de su vida fue un acto revolucionario. Tomó ese tren al infinito; nunca se bajó hasta el estampido final.

Nunca apareció su nombre en las tablas viejas del excusado escolar.

Por si no se dieron cuenta, Leonel nació Nica. Nica de Estelí. Nica de la selva intensa, de la montaña que es algo más que una inmensa estepa verde. La historia de Leonel es la historia de Nicaragua. De esos jóvenes abrazados al sueño eterno, que es la Revolución. Tanto soñaron que murieron, generosos, orgullos, conscientes, por ella. Sus cuerpos aún conservan el olor a pólvora. Amoroso olor a pólvora.

Al abandonar definitivamente el aula nadie percibió su ausencia.

Leonel escribió sobre sí mismo: “Nací el 21 de marzo de 1949 en un valle al noreste del departamento de Estelí, Nicaragua, Centro América. Fui trasladado a la ciudad de Estelí en febrero de 1950: aquí estudie la primaria, inclinándome por las matemáticas. En 1962 fui a la Ciudad Universitaria (León), donde aprobé él último grado de primaria, obteniendo el segundo lugar en clases, 1962-1966. Estudié secundaria en el Seminario Nacional de Managua. Termine mi último curso de secundaria en el Instituto Nacional de Estelí, obteniendo el primer lugar en clases. Ahora llevo una vida de autodidacta, por no tener facilidades económicas para ingresar en una universidad. Actualmente escribo para novedades Cultural y me ejercito en ciencias exactas. De mis familiares tendré que decir: desciendo de pobres familias aunque honorables. Mi padre es oficial de carpintería y mi madre maestra empírica”.

Las sirenas del mundo guardaron silencio, jamás detectaron el incendio de su sangre.

Jesús, Che, Sandino. La santa trilogía de Leonel. Inspiración revolucionaria. Devoción. Nació con la dictadura dinástica de los Somoza; murió bajo las balas de la Guardia somocista: esa banda de carniceros alcohólicos, sedientos de sangre rebelde. Murió entero: seminarista, poeta, virgen. Pura esencia del ser revolucionario, profesando la cultura del no tener. Vida de pobres, vida de santos, de los de verdad: guerrillero.

El grado de sus llamas se hacía cada vez más insoportable.

Eran dictadores elocuentes los Somoza. Adoradores de la saña y el espectáculo circense. A Anastasio Somoza le gustaba televisar cómo masacraba a guerrilleros sandinistas. Placer masturbatorio. Mucho despliegue: cientos de guardias, camiones camuflados, tanques y aviones sobrevolando bajo. Mucho arsenal militar, mucha pólvora y fuego de artillería, para asesinar a un par de jóvenes que resistían en alguna casa de un barrio suburbano. ¿Rendirse? Qué se rinda tu madre.

Hasta que abrazó con el ruido de sus pasos la sombra de la montaña.

Así lo asesinaron a Leonel, acorralado en un barrio periférico de Managua. El 15 de enero de 1970 junto a Róger Núñez Dávila y Mauricio Hernández Baldizón, dos jóvenes como él, veinteañeros, guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), se enfrentaron a un batallón completo de la Guardia. Doscientos soldados, tanques, cañones y hasta un helicóptero los rodearon. Afilaron los dientes de la muerte asfixiando el tiempo en esa humilde casa del barrio El Edén en Managua. El ruido y la pólvora atrajeron a los vecinos.

Aquella tierra virgen lo amamantó con su misterio, cada brisa lavaba su ideal y lo dejaba como niña blanca desnuda, temblorosa, recién bañada.

Los ojos centellearon, coléricos. De a poquito los vecinos se asomaron desde las ventanas, el coraje los contagió, muchos se aventuraron a la calle para ser testigos del coraje en estado puro, agolpados ante la increíble batalla de tres adolescentes y sus fusiles magros. En el silencio de la batalla, guturales cantos revolucionarios surgían de la casa sitiada. Un guardia grita, qué se rindan, que están perdidos, que no hay ni Dios al que puedan rezarle. Y Leonel, el poeta guerrillero, el de la vida de santo, da el contragolpe: “¡Qué se rinda tu madre!”.

Todo mundo careció de oídos y el combate donde empezó a nacer no se logró escuchar.

Siguieron luchando.

No había ni Dios ni ejército que los detuviera.

Volaron de la mano de sus creencias.

No habría más amaneceres pero a ellos no les importaba.

Murieron como hermanos.

Y otra vez, los carniceros de Somoza descubrieron que sólo tres muchachos estaban resistiendo su lujuriosa embestida.

 

Posdata:

Ernesto Cardenal escribió: “Cuando te aplauden al subir a la tribuna, pensá en los que murieron / Cuando te llegan a encontrar al aeropuerto en la gran ciudad, pensá en los que murieron. / Cuando te toca a vos el micrófono, te enfoca la televisión, pensá en los murieron…”.

 

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categoría: américa latina