Su poesía es bala certera. Viene desde la línea del horizonte galopando a puro sol. Hace treinta y cinco años lo asesinaron por rebelde con causa. Y no fueron quienes asesinan siempre a los revolucionarios. Fueron sus propios camaradas. Su pensamiento revolucionario sin fisuras era demasiado para los arcaicos. Y dijo sin miedo: “Usted sabe: me quedan algunos meses de vida. Los elegidos de los dioses seguimos estando a la izquierda del corazón. Debidamente condenados como herejes”.
Sus matadores y los que creen en revueltas tibias, en rebeliones de baja intensidad, solo quieren que se hable del poeta (resplandeciente, por cierto) y no de su pensamiento y moral revolucionaria. Roque Dalton creía en la insurrección, en la lucha armada, en el pueblo en armas para cambiar la terrible situación que padecía América Latina y El Salvador.
En Poemas Clandestinos dijo: “No confundir, somos poetas que escribimos desde la clandestinidad en que vivimos. No somos, pues, cómodos e impunes anonimistas: de cara estamos contra el enemigo y cabalgamos muy cerca de él, en la misma pista. Y al sistema y a los hombres que atacamos desde nuestra poesía con nuestras vidas les damos la oportunidad de que se cobren, día tras día”.
Cuando pienso en Dalton no puedo dejar de pensar en José Martí. Una obra atravesada por una cultura y formación universal sentimental y corporalmente unida a su tierra y al sueño de libertad. Y además una obra bella, terriblemente bella.
¡Qué rabia se siente cuando los de tu propia trinchera te ponen la zancadilla! Porque cuando uno lee sobre Roque y su país, todos los testimonios coinciden en que amaba tanto a El Salvador que le dolía. ¡Entonces, que te maten aquellos, que están en tu misma lucha para silenciar las disonancias de no se qué jode!, ¡y cómo jode!
Como expresó Eduardo Galeano sobre esta triste fecha: “La impunidad estimula a los criminales, y los militantes que matan para castigar la discrepancia no son menos criminales que militares que matan para perpetuar la injusticia”.
“Deberían dar premios de resistencia por ser Salvadoreño” dijo Roque.
Ahí va como posdata su “Poema de amor”
Los que ampliaron el Canal de Panamá
(y fueron clasificados como «silver roll» y no como «gold roll»),
los que repararon la flota del Pacifico
en las bases de California,
los que se pudrieron en las cárceles de Guatemala,
México, Honduras, Nicaragua,
por ladrones, por contrabandistas, por estafadores,
por hambrientos,
los siempre sospechosos de todo
(«me permito remitirle al interfecto
por esquinero sospechoso
y con el agravante de ser salvadoreño»),
las que llenaron los bares y burdeles
de todos los puertos y capitales de la zona
(«La gruta azul», «El Calzoncito», «Happyland»),
los sembradores de maíz en plena selva extranjera,
los reyes de la pagina roja,
los que nunca sabe nadie de donde son,
los mejores artesanos del mundo,
los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera,
los que murieron de paludismo
o de las picadas del escorpión a la barba amarilla
en el infierno de las bananeras,
los que lloraron borrachos por el himno nacional
bajo el ciclón del Pacifico o la nieve del norte,
los arrimados, los mendigos, los marihuaneros,
los guanacos hijos de la gran puta,
los que apenitas pudieron regresar,
los que tuvieron un poco mas de suerte,
los eternos indocumentados,
los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes mas tristes del mundo,
mis compatriotas,
mis hermanos.
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