Néstor Kirchner (1950-2010)


Dolor

28 de octubre del 2010

Falleció un ex presidente argentino. Pero no uno del montón. Ese sentimiento lo marcó el fervor popular en el homenaje y despedida a Néstor Kirchner. Presencia espontánea en la Plaza de Mayo. Flores, aplausos, llantos, un río humano conmovido para quien dijo aquel 25 de mayo de 2003 cuando asumió: “Todos somos hijos de las Madres de Plaza de Mayo”.

En Argentina era el día del censo para saber cuántos somos y qué somos. Todos en casa esperando al censista. Pero, en un instante, algo cambió. Las placas de televisión, cerca de las 10 de la mañana, comenzaron a dar la cruel noticia: “Murió Néstor Kirchner”.

Espontáneamente, cientos de personas en la Capital enfilaron hacia Plaza de Mayo. Allí, dejaban carteles con palabras de aliento, palabras de puño cerrado, palabras adoloridas, condolencias, tristezas, también agradecimientos y mucho más que no vale dejarse arrebatar el futuro. Ni locos.

La mayoría de las palabras estaban dirigidas a la presidenta Cristina Kirchner, compañera de vida de Néstor. Una pareja, un equipo, un  comando, en todos los órdenes de la vida.

A medida que pasaban las horas, el puñado de compungidos se transformó en miles y los miles en incontables. Fueron a rendir  homenaje a quien cambió el paradigma y resignificó la política, devolviéndole su dignidad, luego del oscurantismo de 13 años.

La noche se llenó de cánticos, que daban a paso a silencios angustiados, condensados allí, todos  los gestos que puede generar la muerte.

En las vallas frente a Casa de Gobierno, flores, flores y flores, pequeños obsequios, detalles de un pueblo fe. Racimos de ese amor.

Antes de clarear, otra vez un pueblo ondulante.

Un río popular avanzó hacía Plaza de Mayo. También una larga fila, de seis, diez, quince cuadras para el último adiós. Horas y horas de espera para estar unos segundos. Para decir, presente. Presente. El gesto. Estar. No importa más nada.

Delante mío una mujer rompió en llanto cuando entró al Salón de los Patriotas Latinoamericanos, el cajón cerrado, la figura de Cristina parada, de luto, incólume, sin quebrarse. Otros inclinaban su cabeza. O agradecían. O apretaban el puño. Ella agradecía con un breve golpecito de su mano derecha en el corazón. Detrás de ella, en semicírculo, un abanico de familiares, amigos, funcionarios. La mayoría gritaba “Fuerza, Cristina, fuerza”. Un joven con una camisa de grafa le dice como en una letanía: “Vamos mamita, vamos, estamos con vos, no llores mamita, todos te vamos a ayudar, vamos presi, vamos mamita, vamos…”.

Será una jornada larga. Y cientos de miles pasarán a decir adios.

Un adiós no al que hizo todo, pero al que que sí plasmó muchas de las buenas, las que dan orgullo de ser argentino: el que prepeó para que el Congreso anule las leyes de impunidad; el que se cargó a la Corte Suprema de Justicia menemista y permitió un nuevo tribunal, plural y capacitado; el que obligó al jefe de las Fuerzas Armadas a descolgar los cuadros de los genocidas en un acto público; el que convirtió el peor centro de clandestino de detención y tortura de la última dictadura, la ESMA, en un centro para la memoria; el que junto a Hugo Chávez se enfrentó al ALCA y a George W. Bush en aquellas jornadas históricas de Mar del Plata en 2005; el que abogó por la integración latinoamericana; el que se negó a reprimir la protesta social; el que rompía el protocolo; el que se enfrentaba a los poderosos.

Esta es mi despedida.

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