En aquella pared está su retrato. Aunque ya el mismo descolgó su estampita: dejó sus cargos, los honores eternos, su patria adoptiva, sus hijos y se marchó. Dejó cartas explicando sus razones. Tres. Breves. Certeras.
A sus hijos: “Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarios. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada”.
A Fidel: “Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria. Hoy todo tiene un tono menos dramático porque somos más maduros, pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo que ya es mío”.
A sus padres: “Hace de esto casi diez años, les escribí otra carta de despedida. Nada ha cambiado en esencia, salvo que soy mucho más consciente, mi marxismo está enraizado y depurado. Creo en la lucha armada como única solución para los pueblos que luchan por liberarse y soy consecuente con mis creencias. Muchos me dirán aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades”.
Eligió Bolivia y allí montó una guerrilla.
Y allí murió.
Y allí se hizo mito.
Hambriento, harapiento y sucio.
Desgreñado, herido y enfermo.
Asfixiado por su asma crónica.
Sin embargo, estoico, firme, libre, digno recibe la descarga de metralla.
No hay limosneo ni ruego. No regatea la vida. El máximo honor: morir por las convicciones. Por las creencias. Tan consciente de ese honor que deja estelas.
Luchó por destinos colectivos, pero estuvo solo ante el destino final.
La lucha revolucionaria lo guió y no dudó aunque lo cercó la mismísima muerte tantas veces.
Plenamente consciente de que la muerte lo alcanzaría joven. Ella, la muerte, llegará, y cuando llegue, seré digno. No pediré clemencia ni piedad. No pediré nada. Seré un hombre. Sembraré ejemplo.
Sus ojos miran más allá de los que cualquier otro hombre.
Talló su temple.
Posdata: «La Revolución hay que hacerla a ritmo violento; el que se canse tiene derecho a cansarse, pero no tiene derecho a ser un hombre de vanguardia”.
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