Jorge Semprún (1923-2011)


El aparecido

05 de julio del 2011

Vivió 87 años, pero dice que sólo dos de esos lo marcaron para toda la vida. Exiliado a Francia con la Guerra Civil. Maqui en Francia hasta que fue detenido por la Gestapo. Clandestino durante el franquismo. Historia de un resistente.

Escribió una veintena de libros pero La escritura o la vida lo puso en el cielo por escribir del infierno. Pero este superviviente del campo de exterminio de Buchenwald no pudo poner por escrito los casi dos años que pasó en esa maquinaria de aniquilamiento nazi, sino 50 años después. Todo ese tiempo le llevó a este español hacer letra el horror.

Razón de ser. “no soy un auténtico español, ni un auténtico francés, no soy un escritor, ni soy un político. Soy solo un superviviente de Buchenwald”.

Si escribo me muero, habrá pensado, si escribo no hay vida, dejaré de salir vivo de Buchenwald y me apagaré como tantos compañeros que se extinguieron ahí. “No era imposible escribir: habría sido imposible sobrevivir a la escritura. Tenía que elegir entre la escritura y la vida, y opté por la vida”. Intentó hacerlo: “la dos cosas que me atarían a la vida -la escritura, el placer- me alejaron por el contrario de ella, me remitieron sin cesar, día tras día, a la memoria de la muerte, me devolvieron a la asfixia de esta memoria”.

Como el dictum del filósofo alemán Theodor Adorno (1903-1969) sobre la dimensión de la monstruosidad: «Después de Auschwitz no se puede escribir poesía».

O las palabras en el filo de la navaja y una selva imposible del coronel Kurtz en Apocalypse Now, la mejor película bélica de la historia, basada en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: «Es imposible para las palabras describir lo que es necesario para aquellos que no saben lo que el horror significa. El horror. El horror tiene una cara”.

Hace unas semanas murió Jorge Semprún. Y recordé su libro capital. Ese legado de los instantes en Buchenwald, del recuerdo de sus camaradas, amigos. Volví a leerlo; es memoria en estado puro, imposible de digerir sin estremecerse. Es el testimonio de lo que no puede olvidarse. De lo que debe reproducirse por todos los rincones. Es la lucha contra el olvido. Contra los que pretenden dejar el pasado atrás porque ya pasó mucho tiempo y hay que mirar para adelante y hacer el futuro, arrancar de cero sin pasado, de la nada. No importa el tiempo que haya pasado, la justicia y la memoria son siempre reparadoras, necesarias. Ahí reside el valor de este libro eterno sobre los horrores ocurridos desde que fue detenido por la Gestapo y deportado al campo de Buchenwald, donde sobrevivió dos años hasta la liberación.

La mirada. Así se llama el primer capítulo de La Escritura o la vida. Y arranca con un cross de Tyson a la mandíbula. Así: “Están delante de mí, abriendo los ojos enormemente, y yo me veo de golpe en esa mirada de espanto: en su pavor. Desde hacía dos años, yo vivía sin rostro. No hay espejos en Buchenwald. Veía mi cuerpo, su delgadez creciente, una vez por semana, en las duchas. Ningún rostro, sobre ese cuerpo irrisorio (…) Me observan, la mirada descompuesta, llena de espanto”.

Son tres oficiales británicos los que se han quedados demudados. “Es espanto lo que leo en sus ojos (…) Si, en definitiva, mis ojos son un espejo, debo de tener una mirada de loco, de desolación”. Después de los campos no hay mirada.

Uno querría reproducir párrafos enteros del libro. Agarrar un megáfono universal y que todos oigan y que nadie pueda hacerse el distraído. De esta manera: “y luego, de esta experiencia del Mal, lo esencial es que habrá sido vivida como una experiencia de la muerte (…) pues la muerte no es algo que hayamos rozado, con lo que nos hayamos codeado, de lo que nos habríamos librado, como de un accidente del cual se saliera ileso. La hemos vivido… no somos supervivientes, sino aparecidos”.

Escribiendo sobre Semprún no puedo dejar de encontrar similitudes con otro español. Alberto Méndez, que también tuvo que exiliarse con sus padres republicanos pero a Italia, e igualmente escribió después de mucho tiempo un libro sobre la Guerra Civil y la dictadura de Francisco Franco.

Los girasoles ciegos es el título y consta de cuatro historias sobre el horror franquista. Fue su único libro. Escrito a la víspera de su muerte, y cuarenta años después de los hechos que relata, tiene una prosa poética que te ablanda sin que te des cuenta y te hace ver los pormenores de la muerte y la dignidad. 150 páginas para una España que aún hoy se niega a recuperar la memoria de la barbarie.

Haciendo equilibrio en una cuchilla andante los aparecidos pusieron en papel, en palabras, su memoria de la muerte. Como el húngaro Imre Kertész, que sobrevivió a los campos de Auschwitz con apenas dieciséis años, y 30 años después dio a luz a Sin destino.

Pero escribir no los liberó del horror, siempre estará allí, como carcelero en su piel. Pero nos legaron la posibilidad de no olvidar.

Posadata: “Yo creo que hay valores por los cuales hay que dar la vida y la libertad es uno de ellos. Si no arriesgamos la vida por la libertad, somos esclavos”. Jorge Semprún.

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