El domingo por la noche me escribió un amigo desde el otro lado de la cordillera: “Ganó el fascismo”. Y por mucho. Con el 58 % de los votos, José Antonio Kast se impuso en la segunda vuelta y el próximo 11 de marzo asumirá la presidencia de Chile.
Ingresará al Palacio de La Moneda por la vía electoral y nadie le dará un golpe de Estado, como sí hizo su ídolo político, el dictador Augusto Pinochet, al bombardear la Casa de Gobierno mientras el presidente constitucional, Salvador Allende, quien —como lo prometió— pagó “con su vida la lealtad del pueblo”.
Kast lleva en su ADN todo el repertorio de la reacción. Su padre, Michael Kast Schindele, alemán, perteneció al Partido Nazi y, tras la caída del Tercer Reich, huyó a Chile. La familia Kast abrazó el pinochetismo con fervor y continúa defendiendo, hasta hoy, a esa dictadura que dejó un saldo de 40.277 víctimas, de las cuales 37.050 padecieron prisión y tortura y 3.277 fueron asesinadas o desaparecidas. El nombre que eligió Michael para el mandatario electo es un homenaje al líder falangista español José Antonio Primo de Rivera.
El discurso de Kast se apoyó en la problemática de la inseguridad, supuestamente causada por una inmigración “descontrolada”, una constante en la retórica de la ultraderecha regional, cuyo ejemplo exitoso es Bukele en El Salvador. Sin embargo, los datos contradicen ese relato: en 2024, la tasa de homicidios en Chile fue de 6 por cada 100.000 habitantes y, en el primer semestre de 2025, descendió significativamente a 2,5.
Otra de las banderas de Kast, católico ultramontano, es su oposición a la educación sexual integral, a la despenalización del aborto y a los derechos de las diversidades. El líder del Partido Republicano también se articuló con redes ultraconservadoras internacionales: fue uno de los primeros adherentes de la Internacional Fascista que Vox promueve a través de la Carta de Madrid, e integra la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), que lidera Trump.
La candidatura oficialista de Jeannette Jara estaba herida de antemano, no tanto por el gastado latiguillo de “comunista” que la nueva derecha repite con entusiasmo, sino por la tibieza del gobierno de Gabriel Boric. Un gobierno surgido del estallido de 2019, que había cuestionado con fuerza en las calles la persistencia del modelo pinochetista en una democracia tutelada y neoliberal, optó por la moderación. Ni siquiera logró encauzar la reforma de la Constitución pinochetista redactada en 1980, que fue una de las grandes demandas del levantamiento, el cual dejó un saldo brutal: alrededor de 30 personas asesinadas por la represión estatal, más de 3.500 lesiones físicas graves, más de 400 personas con daño ocular severo por disparos de perdigones y unas 200 denuncias por violencia sexual perpetradas por uniformados.
La tendencia de ciertos gobiernos progresistas a la moderación y la concordia choca con estos tiempos de radicalización, donde el fascismo ha sido normalizado y se multiplica sin pudor en los medios masivos y en las redes digitales.
Chile, al igual que Honduras —sumida en una crisis severa, con denuncias de fraude e injerencia de Estados Unidos— y Bolivia, repite un patrón: los oficialismos pierden. En el caso chileno, se trata del quinto cambio de signo político en los últimos quince años.
Esta victoria es también un triunfo de Trump, que ve cómo se consolidan gobiernos sumisos a sus intereses mientras avanza un nuevo corolario brutal de la Doctrina Monroe. “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región”, afirma el nuevo documento de Seguridad Nacional. Un hostigamiento que ya se hizo carne con el secuestro de un barco petrolero venezolano, amenazas de invasión y el intento de derrocamiento de Nicolás Maduro y Gustavo Petro.
En el llamado Triángulo del Litio —integrado por Argentina, Bolivia y Chile—, región que concentra cerca del 60 % de las reservas mundiales y donde Chile posee la mayor reserva individual del planeta, que la derecha gobierne esos tres países es una gran noticia para las apetencias trumpistas sobre los recursos naturales.
La desarticulación de los lazos de humanidad en sociedades confundidas, agotadas y enojadas —donde prima el miedo, la crueldad se normaliza y la verdad se vuelve un bien escaso— no es un daño colateral, sino el corazón mismo del proyecto de Trump.
Publicado en: https://www.nosdiario.gal/articulo/internacional/chile-ganou-fascismo/20251223220804242934.html
categoría: américa latina
