Tengo una atracción hipnótica con el Che desde niño. Me agobia, como si me quedara atrapado en la caja estrecha de mi vida y contemplara la dimensión de un sueño de abrumadoras dimensiones. Está ahí.
Revolucionario de revolucionarios.
Está ahí.
Espíritu inquisitivo. Audaz. Crítico. Generoso. Implacable. Antidogmático. Lector incansable. Disciplinado e imaginativo.
Me abruma su temple.
Está ahí, con su ejemplo.
Tatuado.
El 9 de octubre de 1967 lo asesinaron en el pequeño poblado de La Higuera, a un costado del corazón selvático de Bolivia.
Esos ojos insondables en la escuelita rural.
Hombre.
Hombre con acento en cada una de sus letras.
No se puede sostener esa mirada. La del hombre capaz de dejar todas las seguridades, honores y amores para adentrarse en las selvas del Congo o de Bolivia. De renunciar a todo.
Deja su despacho de ministro para organizar una guerrilla.
Trae Vietnam a Sudamérica. Quiere desbordar la simiente. Lava viva por la venas del continente. Por toda su verde extensión. Su pensamiento tan puro: “Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarios. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada”. Carta de despedida a sus hijos.
Cristo con un fusil al hombre, es un libro del periodista polaco Ryszard Kapuściński que retrata a aquellos que dejaron la vida por la libertad y el poder al pueblo. La muerte del Che inspiró a la velocidad de la luz a millones. Tenía 39 años y ningún miedo a la muerte.
Está ahí.
“Poco después de la muerte del Che Guevara, el pintor revolucionario argentino Carlos Alonso pintó un cuadro que inmediatamente se hizo famosos en toda América Latina y que, multiplicado en miles de copias, apareció en forma de cartel en los muros de La Habana y Caracas, en las aulas universitarias de Lima y de Santiago de Chile, en las viviendas de los obreros brasileños y en las chozas de los campesinos mexicanos. Alonso había pintado una figura de Cristo con un fusil al hombro, figura que por su aspecto y su atuendo, recordaba la de un guerrillero, fuera éste cubano, boliviano o colombiano”, explica Kapuściński.
En la oscuridad abismal del cerco, la guerrilla diezmada, los compañeros muertos, el asma asfixiante, su espíritu insurgente no se atenuó ni un gramo.
En el propio seno de la asamblea Anual de las Naciones Unidas, el 11 de diciembre de 1964, había advertido: “He nacido en la Argentina; no es un secreto para nadie. Soy cubano y también soy argentino y, si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica, de cualquier país de Latinoamérica, como el que más y, en el momento en que fuera necesario, estaría dispuesto a entregar mi vida por la liberación de cualquier de los países de Latinoamerica, sin pedirle nada a nadie, sin exigirle nada a nadie, sin explotar a nadie”.
Cómo no va a estar ahí, aquí, allá y más allá tu huella.
Che.
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