El valor de la vida para algunos:


Menos que cero

08 de abril del 2011

Escribo con la bronca como hermana. Un hombre murió por ser pobre. Un hombre murió porque unos cobardes, vestidos de médicos, se negaron a ingresar donde vivía, porque es una villa miseria. Y dos diarios decidieron escribir sólo sobre el caos de tránsito que generó la bronca de los vecinos ante tamaña injusticia.

El hecho se resume en un párrafo y es el botón de muestra de la injusticia más dolorosa y el corazón seco de vida de muchos medios de comunicación y de una gran porción de ciudadanos.

Humberto Ruiz, un vecino de la Villa 31 en la barrio porteño de Retiro, murió después de que una ambulancia del SAME (Sistema de Atención Médica de Emergencia de la Ciudad de Buenos Aires) con escolta policial se negara a ingresar. El hombre sufría epilepsia y el martes 5 tuvo un ataque. La familia pidió una ambulancia, que llegó muy tarde y, para colmo, se negó a entrar, incluso con los uniformados de custodia. Los vecinos, impotentes, hicieron de tripas corazón y lo cargaron hasta la entrada, hacia la ambulancia, pero esta ya no estaba. ¿No puedo ni atesorar el desgarro de sus cuerpos ante esa vida que se le escapaba como arena?

Vale la pena reproducir completo el comienzo de la nota del periodista Horacio Cecchi, de Página/12: Aunque el certificado de defunción diga que Humberto Ruiz, “Sapito”, murió de un paro cardiorrespiratorio luego de un ataque de convulsiones provocado por epilepsia, no fue así. Sapito murió de discriminación. Mejor dicho, lo mató la discriminación. Fue el 5 de abril. Dos días más y hubiera llegado vivo al Día Mundial de la Salud aunque, pensándolo bien, no le hubiera cambiado nada. La ambulancia del SAME no hubiera entrado en el barrio Comunicaciones, en el extremo norte de la Villa 31 de Retiro; la médica se hubiera negado de todos modos a caminar dos cuadras con custodia policial, que la tenía al lado, y atenderlo o trasladarlo a la ambulancia; y el chofer hubiera ladrado de todos modos como le ladró a Patricia, cuñada de Humberto, quien hacía tres horas que corría de una punta a la otra de la villa, que no es poco, buscando ayuda, y luchaba contra el miedo y la mitología encastrados en las neuronas de ese hombre que burlón y despectivo le recomendaba: “Traételo en una carretilla”. Sapito se murió sin atención y ni siquiera ahí terminó su calvario, porque así como estaba de muerto descansó en la morgue hasta que recién al día siguiente su familia supo que Desarrollo Social de la Nación ayudaría para que pudieran trasladarlo a su casa para velarlo porque la familia no quería que sin más y de golpe desapareciera de allí. Por eso, Patricia insiste: “No es que se quería morir. Lo dejaron morir”.

La discreción personal, el egoísmo o una orden no escrita de más arriba permitieron que un hombre muriera. Lo peor es que no es la primera vez que ocurre. Hace ya cuatro años la justicia le impuso al ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires la obligación de que las ambulancias entren a las villas. Sí, la justicia tuvo que intervenir para garantizar un derecho constitucional. Es que en el mundo mágico del jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, los que nacen estrellados no tienen derechos.

El privilegio de pertenecer. Imaginen el futuro: este hombre quiere ser Presidente.

Es de sentido común, un hombre murió porque los médicos no cumplieron con el juramento hipocrático; además son funcionarios públicos, entonces tampoco hicieron honor a ese deber; encima dejaron tirado, como un bulto sin valor, a una persona que necesitaba ayuda. No puedo ni condensar en una sensación la impotencia de la familia, amigos, vecinos.

Así como Cecchi da en el clavo. En el corazón del hecho. Los diarios Clarín y La Nación dan ganas de vomitar.

“Viajar por el Bajo fue igual que ahogarse en una marea quieta”, es el poético título de Daniel Fernández Quinti en la edición del 7 de abril de Clarín (nota triste del autor: este hombre fue profesor mío de periodismo en la materia Información General). Dice que “por el piquete en la Illia, un viaje de 45 minutos demandó casi dos horas”. En la nota, envidia desde su auto atascado a una chica que “medita en los bosques de Palermo, en el pasto del quieto Jardín Japonés. Parece una santa, por lo que se ve desde el auto. Es que el tránsito es tan lento que su intimidad se rebela sin apuro” (http://www.clarin.com/ciudades/Viajar-igual-ahogarse-marea-quieta_0_458354270.html).

El texto continúa con el berretín literario y la queja patética porque el trayecto “fue un calvario entre el enojo, lo inexplicable y la absoluta desprotección. No había un sólo Policía de la Federal ni de la Metropolitana que ayudara a los automovilistas”.

A página completa Fernández Quinti no menciona, ni en una línea, que el corte de la autopista fue por la indignación ante una muerte injusta, innecesaria, lastimera. Esto es lo que no considera importante un profesor de periodismo. Así funciona su ética periodística. O mejor dicho, su falta de ética.

El portal del diario La Nación tituló: “Un corte de seis horas en la autopista Illia causó caos en el tránsito” y luego de informar las causas del bloqueo le pidió a sus lectores que envíen sus testimonios si fueron afectados. Desde ya que al matutino representante de los intereses de la derecha argentina no se le ocurrió preguntarle a los vecinos de la Villa 31 como lo perjudica que las ambulancias se nieguen a llegar hasta sus hogares para atenderlos.

La nota tuvo, hasta el momento en que estoy escribiendo esta entrada, 1955 comentarios. El primero que se lee dice “eran cien extranjeros coartándonos la libertad de circulación a los argentinos”, otro los llama “delicuentes y mantenidos”, un tercero pide “atender a la Villa 31 con topadoras”. Son solo tres testimonios, y me hicieron acordar a los “ciudadanos honestos” de la Liga Patriótica de 1919 que salieron por las calles de la ciudad a matar a los que reclamaban condiciones dignas de trabajo para defender a la “patria”. Al que le dé el estómago, que siga leyendo (http://www.lanacion.com.ar/1363314-un-corte-de-seis-horas-en-la-autopista-illia-causo-caos-en-el-transito).

Posdata:

Yo, sigo hermanado con la bronca.

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categoría: argentina