Se los conoce como los Indignados. Los saturados por el ajuste perpetuo, el asalto a las ilusiones y el futuro hipotecado. Algunos ya se están poniendo nerviosos por la propagación de esta epidemia.
En Sudamérica no hay marchas de este tenor. Parece hoy que la región está a salvo de esto. Una vuelta de página necesaria, oxigenante luego del oscurantismo dictatorial, primero, neoliberal, después, que se enraizó por estas tierras durante demasiado tiempo.
En el resto del mundo, simultáneamente, las calles de unas mil ciudades en 82 países se llenaron de ciudadanos exigiendo sus derechos. Cacofónicamente: Por el derecho a que se respeten sus derechos. Todas las expresiones ocurrieron en el llamado Primer Mundo. Un Primer Mundo que sigue eligiendo la receta del ajuste y la ceguera, que en vez de dejar que un puñado de vivos se quede con todo y encima diga que es lo correcto, no toma las decisiones adecuadas para un mundo justo.
No es idea mía. Muchos especialistas con argumentos sólidos han dicho que si se pusiera en práctica la Tasa sobre las Transacciones Financieras (TTF), la crisis podría empezar a resolverse. No serían necesarios ni ajustes ni despidos masivos, tampoco recortes a la seguridad social ni recetas caducas. Habría cause. Pero es una decisión política. Calculan que con un 0,1% sobre los intercambios de acciones en Bolsa y sobre el mercado de divisas, la Unión Europea obtendría, cada año, entre 30.000 y 50.000 millones de euros. Suficiente. Más que suficiente.
Por eso el valor que le adjudico a estas manifestaciones no es quizá el más obvio, el de advertir que en los países desarrollados las cosas marchan a un callejón: ajuste, desempleo, pobreza, achicamiento del Estado de bienestar y un futuro que se vislumbra sombrío. Un círculo vicioso de injusticia perpetua. El acierto, para mi, clave, es que los manifestantes se congregaron y apuntaron contra el poder financiero, contra los centros de especulación. Es muy común que la mayoría de las marchas se dirijan al poder político, pero casi ninguna apunta al poder económico. Ahora si.
En Estados Unidos el movimiento se llama Ocupando Wall Street. Comenzaron el 17 de septiembre y contra todo pronóstico continúan y aumentan. Acampan en el Zuccotti Park, en el corazón de distrito financiero de Nueva York, el hogar dulce hogar de la Bolsa de Valores. El artilugio para echarlos fue vía empresa tercerizada, la Brookfield Properties, dueña de esa plaza. Unos matones a sueldo los apuraron: “Hay que higienizar el parque”. No pudieron.
El lema principal del movimiento es: “Somos el 99%, ellos son solo el uno por ciento”.
Por un lado están los intocables de siempre, los que siempre acumulan más y más. Por el otro los que viven cayendo, los que siguen viviendo en carpas después del Huracán Katrina, los que se quedaron en la calle por la especulación inmobiliaria, los que cayeron en la pobreza, que por cuarto año consecutivo creció llegando al 15,1 por ciento, ya son 46,2 millones las personas que deben subsistir con menos de 1000 dólares por mes. Es el mayor número de pobres registrado desde 1959, cuando la Oficina del Censo hizo la primera medición.
Las marchas y acampadas alrededor del globo sorprendieron al poder político y a los medios comerciales por su masividad y supuesta espontaneidad, como si se trata de un fenómeno natural y no de una rebeldía de la ciudadanía. Señores millonarios, no se trata de un Tsunami. Bajen y vean.
Antes de Ocupando Wall Street, el periodista español Ignacio Ramonet, dijo: “Primero fueron los árabes, luego los griegos, a continuación los españoles y los portugueses, seguidos por los chilenos y los israelíes; y el mes pasado, con ruido y furia, los británicos. Una epidemia de indignación está sublevando a los jóvenes del mundo. Semejante a la que, desde California hasta Tokio, pasando por París, Berlín, Madrid y Praga, recorrió el planeta en los años 1967-1968, y cambió los hábitos de las sociedades occidentales. En una era de prosperidad, la juventud pedía paso entonces para ocupar su espacio propio. Hoy es diferente. El mundo ha ido a peor. Las esperanzas se han desvanecido. Por vez primera desde hace un siglo, en Europa, las nuevas generaciones tendrán un nivel de vida inferior al de sus padres. El proceso globalizador neoliberal brutaliza a los pueblos, humilla a los ciudadanos, despoja de futuro a los jóvenes. Los Estados democráticos están renegando de sus propios valores. En tales circunstancias, la sumisión y el acatamiento son absurdos. En cambio, las explosiones de indignación y de protesta resultan normales. Y se van a multiplicar. La violencia está subiendo…”
Sigue el director de Le Monde Diplomatique: “Desde los años 1980 y la moda de la economía reaganiana, en todos estos países -y singularmente en los Estados europeos debilitados hoy por la crisis de la deuda-, las recetas de los gobiernos (de derechas o de izquierdas) han sido las mismas: reducciones drásticas del gasto público, con recortes particularmente brutales de los presupuestos sociales. Uno de los resultados ha sido el alza espectacular del paro juvenil (en la Unión Europea: 21%; en España: ¡42,8%!). O sea, la imposibilidad para toda una generación de entrar en la vida activa. El suicidio de una sociedad. En vez de reaccionar, los gobiernos, espantados por los recientes derrumbes de las Bolsas, insisten en querer a toda costa satisfacer a los mercados. Cuando lo que tendrían que hacer, y de una vez, es desarmar a los mercados. Obligarles a que se sometan a una reglamentación estricta. ¿Hasta cuándo se puede seguir aceptando que la especulación financiera imponga sus criterios a la representación política? ¿Qué sentido tiene la democracia? ¿Para qué sirve el voto de los ciudadanos si resulta que, a fin de cuentas, mandan los mercados?”
Posdata:
“Creo, sinceramente, con ustedes, que los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos permanentes y que el principio de gastar dinero para ser pagado por la posteridad, bajo el nombre de la financiación, es sin embargo una estafa futura a gran escala”. Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos (1801-1809).
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