En mi casa de la infancia había dos iconos en las paredes: el Che y Marilyn Monroe. Ambos adheridos como estampitas a una época. Los emblemas de un siglo. Del siglo XX. Hoy, hace cincuenta años, uno de esos retratos, se suicidaba.
En el recuerdo, una foto en la pared.
La de aquella que llevó su ángel demoníaco con un estilo imposible de imitar.
El escritor lituano Jonas Mekas escribió un monumental diario de viaje (Ningún lugar adonde ir) desde los campos de trabajos forzados en la segunda gran guerra en 1944, la huida junto a su hermano, el peregrinar aleatorio por Europa y la llegada definitiva en 1955 a los Estados Unidos. Un diario de vida sin rumbo fijo. Andar. En la entrada de su diario del 10 de enero de 1948: “Realmente es triste, a veces uno se pone sentimental. Pero entonces, ¿por qué no ponerse sentimental? Si es triste, es triste, y no hay nada que podamos hacer, al menos ahora. Uno puede intentar hacerse el valiente, pero dentro del corazón hay una tristeza persistente. No se puede escapar de la nostalgia (…) Mientras se siente nostalgia, uno no está muerto. Uno sabe que todavía hay algo que ama…”
Los recuerdos de la infancia tienen un poder difícil de igualar. Se atesoran en los lugares más blandos de uno. Archivos que se hacen palpables cuando un hecho lo trae a la realidad. Nos asaltan como un rayo en la madrugada. El cincuenta aniversario de la muerte de Marilyn trajo a la memoria su poster en la pared de mi casa de la infancia. Su figura perturbadora, su risa de mil kilómetros, su rubio perpetuo me hipnotizaban, como hoy aún lo sigue haciendo. Legado de mi papá, que martilló esa estampa en la pared y que, a partir de ese día, la tatuó en mi recuerdo como una parte de mi niñez.
Hay una Marilyn que escritores, fotógrafos, pintores, publicistas, políticos, abusadores, pobres diablos, vivos de poca monta, especuladores, mentirosos y bufones retrataron. La mirada de los otros. Esos otros que poco y nada saben del yo verdadero. Pero hay otra Marilyn, la que escribía sus nostalgias y sueños en cuadernos, agendas, anotadores y papelitos. Cargada de un instinto animal para la tristeza, para caminar como equilibrista por desfiladeros. Para bordear por límites, fronteras y demonios.
Que los otros sigan con su blablabla, yo me quedo con la otra Marilyn.
La cito: “El mejor de los cirujanos – Strasberg me va a abrir lo cual no me importa porque la Dra. H me preparó – me puso la anestesia y diagnosticó el caso y coincide en lo que debe hacerse – una operación – para devolverme a la vida y curarme esta terrible enfermedad sea lo que demonios fuere -. Arthur es el único que está esperando afuera – preocupado y deseando que la operación vaya bien por muchas razones – por mí – por su obra y por él mismo indirectamente. Hedda – preocupada – no para de llamar por teléfono durante la operación – Norman – pasa una y otra vez por el hospital para ver si estoy bien, pero más que nada para consolar a Art que está muy preocupado. Milton llama desde su enorme despacho, muy espacioso y todo de muy buen gusto – y lleva sus asuntos de un modo novedoso con estilo – y suena música y él está relajado y disfrutando, aunque también esté muy preocupado al mismo tiempo – hay una cámara encima de su mesa, pero ya no hace fotos salvo de grandes pinturas. Strasberg me abre después de haberme puesto la anestesia la Dra. H. y trata de consolarme de un modo clínico – todo en la habitación es blanco, de hecho no veo a nadie, sólo objetos blancos – me abren – Strasberg con la asistencia de Hohenberg. Y no hay absolutamente nada – Strasberg está profundamente decepcionado e incluso – académicamente sorprendido de haber cometido semejante error. Creyó que iba haber tantísimo – más de lo que nunca soñó posible en casi nadie, pero no había absolutamente nada – vacío de todo sentimiento humano vivo – lo único que salió fue aserrín finamente cortado – como de dentro de una muñeca Raggedy Ann – y el aserrín se desparrama por el suelo y la mesa, y la Dra. H está atónita porque de pronto se da cuenta de que éste es un nuevo tipo de alumno (o de estudiante, iba a escribir). El caso del paciente totalmente vacío. Los sueños y esperanzas de Strasberg sobre el teatro se han derrumbado. Los sueños y esperanzas de la Dra. H de una cura psiquiátrica permanente son resignados – Arthur está decepcionado – abandonado -.”
Ironía a flor de piel, en carne viva.
Después de leer este relato: ¿qué queda de todos los que hablaron de Marilyn Monroe, toda la tinta que gastaron, todas las opiniones? Yo me quedo con Truman Capote, que le dedica el cuento Miss Collins, en su mágico Música de camaleones. Ese libro, que es un látigo. Y claro, con ella, y su imagen eterna en el poster mi papá. Toda su gracia, su imprudencia, su adicción a la felicidad, que la llevo en viaje directo a esa muerte elegante, que fue tapa de todos los diarios de todos los países del mundo hace cincuenta años atrás.
Rubia eterna.
Icono del siglo XX.
Vos podés explicar mejor que nadie tu mito.
Embrujo envuelto en palabras solitarias: «Taaaantas luces en la oscuridad convirtiendo en esqueletos los edificios y la vida de las calles. / ¿Qué era lo que iba pensando ayer por la calle? / Parece tan lejano, hace mucho y la luna./ Menos mal que me explicaron de niña lo que era / porque ahora no podría entenderlo (…) Tienes que sufrir -la pérdida de tu oscuro dorado cuando hasta tu cobertura de hojas muertas te abandone /fuerte y desnuda debes permanecer – / viva – mientras miras adelante, aunque el viento te haga inclinarte / y llevar el dolor y la alegría / de lo nuevo en tus miembros».
Hay una foto de ella, está leyendo las últimas páginas del Ulyses de James Joyce, tiene el meñique en la comisura de sus labios, está al aire libre, en un jardín.
Subyuga.
Rubia eterna en un poster en la pared de la casa de mi infancia.
Posdata:
Soledad – permanece quieta
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