Espaldas mojadas


Un morral cargado de esperanzas

18 de septiembre del 2007

El muro se pierde en el mar. Mil kilómetros de sólido concreto. Así le gusta a George Bush. Así lo quiere. Para que la marea cobriza no toque suelo americano. Ni las miles de cruces en la frontera entre los Estados Unidos y México parecen ser impedimento para el futuro de ilusión que añoran miles de inmigrantes latinoamericanos, quienes sin equipaje, emprenderán un largo viaje. Ni el Río Bravo me detendrá.

“La migración es la sangre constantemente renovada de la que se alimenta la metrópoli”

E. Hobsbawm.

Hay que admitirlo, a Bush le gusta la grandilocuencia. Su proyecto para la construcción de 1.126 kilómetros de muros en cinco puntos a lo largo de la frontera compartida con México recibió la aprobación del Congreso y en octubre el mandatario lo convirtió en ley. La faraónica obra, valuada en 6.000 millones de dólares, remite inexorablemente a los aspectos más nefastos del libro “1984” de George Orwell: barreras fronterizas acompañadas por detectores de movimiento, cámaras de vigilancia, grandes reflectores, la contratación de 8.000 policías, la construcción de centros de detención con un total de 10.000 camas para alojar a los ilegales y otros artefactos tecnológicos.

Pero el sueño de los emigrantes es ahora. Ni muros ni vallas ni leyes. Ni ríos ni desiertos ni ejércitos evitarán las caravanas hacia la ilusión. De sur a norte viaja el porvenir. Es el éxodo a la tierra prometida de los despojados del neoliberalismo.

En Estados Unidos la población de origen hispano alcanza los 45 millones de personas, de los cuales 33 millones utilizan el español como primera lengua. Es hoy el segundo país con mayor población hispana en el continente, después de México (106,2 millones) y superando a Colombia, que cuenta con 43 millones de habitantes.

Éxodo. Desde el sur del río Bravo a través de una frontera de 3.218 kilómetros, cerrada para los olvidados de la tierra; abierta, de par en par, a las mercancías, las cosas, los objetos. Se los llama “espaldas mojadas” porque cruzan a nado. Muchos de ellos solo lo intentan: las inclemencias del Bravo, de la Patrulla Fronteriza estadounidense y los rancheros racistas hacen “su limpieza”.

El gatillo fácil es el patrón de conducta de los agentes de la Patrulla Fronteriza.

Un caso, un emblema

En los Estados Unidos hay unos 13 millones de inmigrantes ilegales; sin embargo, ni los legales se salvan de la política migratoria norteamericana. Elvira Arellano se convirtió en un símbolo del arcaísmo de esta ley. Luego de resistir durante un año en una iglesia metodista fue deportada a México, a pesar de que Saúl, su hijo de 8 años, es nativo de los EE.UU., y tiene pasaporte norteamericano.  Este caso reabrió la agenda sobre la cuestión de la inmigración y recalentó la campaña electoral presidencial. Hubo masivas manifestaciones y a través de boicots los inmigrantes demostraron el peso económico de su presencia. Carteles con la frase «Nacido en EE.UU. No nos saquen a nuestras madres y a nuestros padres», se masificaron.

Su actitud valiente, inspiró a otros: en un acto de desobediencia civil no se entregó a las autoridades que habían emitido una orden de deportación inminente. «No soy una criminal», bramó ante los medios de comunicación. «No me iré como una cobarde, y no me importa si tengo que ir a la cárcel».

Su historia es la de miles de espaldas mojadas, tenaces en forjar su destino a pesar de muros y arbitrariedades. Fue detenida por primera vez en 1997 y enviada de regreso. Volvió a los pocos días. Cinco años después una nueva redada en el aeropuerto de Chicago donde trabajaba limpiando aviones comerciales –esta vez en el marco de la ley antiterrorista– le cayó encima. Las investigaciones realizadas contra Arellano consideraban que su presencia en suelo estadounidense representaban una amenaza para la seguridad nacional.

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categoría: américa latina