Crónica de la nostalgia


Un patio

20 de julio del 2014

Hay un patio de baldosas alojado en mi memoria. Es el corazón torrentoso de la casa de la infancia de Luciana. La adolescencia se nos escurría por los dedos y de a poco fuimos abandonando ese patio en donde el corazón nunca morirá.

El ayer se cuela por hendijas invisibles, tan arbitrariamente. Hay un recuerdo que vive en mi hace 24 años, aún se acurruca como un milagro del tiempo, enredado en la repetición de las anécdotas, todavía sigue uniendo a siete amigos y deja constancia de que tenemos lugares a los cuales volver.

El corazón batiente de ese recuerdo es un patio de baldosas. El centro de una casa en la calle Aguirre en el barrio de Villa Crespo. Y como al futuro y al pasado solo se puede llegar corriendo a ciegas, hay un escritor maldito como Jaime Sáenz, paceño cruento y subversivo, capaz de beberse la noche como un tiburón, que pudo describir mejor que nadie, en 1980, el patio de Luciana que nos vio crecer. Ahí están, tan nítidos, apareciendo de entre la niebla de la lejanía: Sandra, Ariel, Gastón, Paula, Federico, Luciana. Dice Sáenz: “Hay un patio que seguramente se cuenta entre los más pequeños del mundo. Aquí el estruendo de la lluvia resuena como jamás nadie podrá imaginar, pero en cambio todo otro ruido se apaga. Este patio parece haber sido hecho no para transitar en él, pero únicamente para mirarlo, y por otra parte, tan solo para quienes saben guardar silencio. En todo patio se esconde un propósito bien definido; y este propósito es indudablemente el de poner a prueba hasta que punto puede llegar el respeto de la relación humana. Si las virtudes son pocas y los defectos son muchos, toda virtud y todo defecto, en el ámbito de un patio, dejan de ser tales para constituirse en puntos de contacto destinados a fundamentar la comprensión, la simpatía y la tolerancia, así como el sentido de la verdadera humildad, y en último término, el buen humor (…) Y aquí no pasó nada. Pues estamos en un patio, y eso significa que los conflictos se resuelven sin más, por graves que fueran”.

El recuerdo es como una carretera ancha por la cual el viajero puede entrar o salir. De la orilla del año 1990 viene esta empañada postal. Los siete amigos viendo el Mundial de Italia 90 en ebullición adolescente. Gozando cada pase de ronda y llorando sin disimulo la derrota en la final, con ganas de  beber como cosacos para olvidar el mal trance. El tiempo hizo su tarea de erosión invisible y los siguientes mundiales ya nos dispersamos. Este último nos agarró grandes y tecnologizados. Paula armó un grupo de WhatsApp “Los Galos” (así bautizamos a este grupo de amigos que hasta un himno teníamos). Entonces, todos conectados por el celular viviendo el paso a paso de un nuevo Mundial, esta vez en Brasil. Algunos se dieron el gusto y se cruzaron a territorio hostil, el resto desde la Argentina, otro desde Bolivia y otro más loco aún, lo vivió en Ruanda. Tal la dispersión. Pero un cordón de plata aún nos enlaza. Gozamos y lloramos el orgullo de ser argentinos, de ser amigos, a pesar de estar lejos. Inevitable vino a la charla el Mundial 90 en lo de Luciana y todos los recuerdos que ese patio conserva de aquellos años felices. Circularon fotos añejas, sepias. Hoy, 20 de julio, nos deseamos en todas las direcciones “Feliz Día del Amigo”, brindamos a la distancia. Y sí, de nuevo, recordamos…

Dicen que la única dirección en la vida es hacia adelante. Pero, admitamos, cómo tirita el corazón cuando el pasado feliz sigue andando de la mano con nosotros.

“El único instrumento que un ser humano tiene a su disposición para afrontar el tiempo es la memoria”, escribió el escritor ruso Joseph Brodsky. Por eso, en estos días mundialistas, mi nostalgia salteó la distancia y la altura, me paré delante de la puerta de Luciana, miré detenidamente el barrio y soñé que no había cambiado ni un adoquín, desde todas las esquinas llegaron, uno a uno, los amigos eternos, nos miramos sin prisa y lloramos y reímos de nostalgia, de alegría, de pasado, de presente, de futuro y de historia que aún queda por errar felizmente.

 

Posdata:

Amigos, ¿volvemos al patio de Luciana?

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