Al dictador Anastasio Somoza le gustaba televisar como masacraba a guerrilleros sandinistas. Cientos de guardias, camiones, tanques y aviones, un verdadero torrente de balas y pólvora para terminar descubriendo que en esa casa había apenas un joven resistiendo. ¿Rendirse? Qué se rinda tu madre.
Así lo asesinaron a Leonel Rugama. Acorralado en un barrio periférico de Managua. Apenas 20 años, pero orgulloso de morir. Morir por una causa. Por Nicaragua. Morir por la patria es seguir viviendo. Seminarista, poeta, ejemplo del ser revolucionario. Profesando la cultura del no tener. La vida de pobres. Santo de verdad, de carne y hueso. Guerrillero.
El 15 de enero de 1970, a los 20 años, junto a Róger Núñez Dávila y Mauricio Hernández Baldizón, dos jóvenes como él, guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), se enfrentan a un batallón completo de la Guardia Nacional somocista. Doscientos soldados, tanques, cañones y hasta un helicóptero los rodean. Afilan los dientes de la muerte asfixiando el tiempo en esa humilde casa del barrio El Edén en Managua.
El ruido y la pólvora atraen a los vecinos.
Los ojos centellean. Se asoman desde las ventanas, ya muchos se aventuran en plena calle a ver. Ser testigos del coraje en estado puro. Agolpados ante la increíble batalla de tres adolescentes y sus fusiles, que se quedaron sin parqué. Cuando callan las balas surgen los cantos revolucionarios. Y un guardia grita, que se rindan, que están perdidos, que no hay ni Dios al que puedan rezarle. Y ahí Leonel, el poeta guerrillero, el de la vida de santo, contragolpea: “¡Que se rinda tu madre!”.
Siguieron luchando. No había ni Dios que los detenga. Volaban de la mano de sus creencias.
El escritor Sergio Ramírez escribió en 1990 un libro estremecedor sobre sus recuerdos de aquellos tiempos: “Adios muchachos”. En esa memorias, el segundo capítulo, relata el conmovedor camino de miles de adolescentes y jóvenes que abrazan la causa de Sandino y dan su vida en la lucha contra la dictadura dinástica de los Somoza. Se titula “Vivir como los Santos”.
“Un poeta místico”, lo bautizó.
“Un poeta guerrillero” .
“El poeta de las catacumbas”.
“Aquel seminarista pobretón de lentes que parecían demasiado grandes en su rostro moreno, vestido siempre con la misma camisa de tejido sintético cuando de vacaciones en Estelí dejaba la sotana y se dedicaba a largas tertulias en las bancas del parque central, o a enseñar matemáticas a los estudiantes aplazados, frente a un pizarrón en el corredor de su casa, no tenía la estampa del guerrillero heroico de los cromos. Pero en enero de 1970, a los veinte años, murió peleando al lado de otros dos muchachos de edades parecidas contra centenares de soldados de la Guardia Nacional que asaltaron la casa de seguridad del FSLN en el barrio El Edén, vecina al cementerio oriental de Managua, donde se refugiaban, una humilde casa de una planta pintada de color celeste que había sido una vez pensión, todavía en la pared el rótulo desleído Hospedaje Marriott, como si la mano de Leonel se hubiera mostrado otra vez irónica”.
“Es en otro de sus poemas coloquiales donde declara que en la lucha clandestina era necesario vivir como los santos, una vida como la de los primeros cristianos. Esa vida de las catacumbas era un ejercicio permanente de purificación; significaba una renuncia total no sólo de la familia, de los estudios, de los noviazgos, sino a todos los bienes materiales y a la ambición misma de tenerlos, por muy pocos que fueran. Vivir en pobreza, en humildad, compartiéndolo todo, y vivir, sobre todo, en riesgo, vivir con la muerte”.
“El santoral de Rugama incluía a Sandino y al Ché. Sandino fue uno de los forjadores de esa tradición del sacrificio, y su mejor puntal de referencia; a la hora de organizar la resistencia contra la ocupación extranjera en 1927, en defensa de la soberanía, puso estos valores de renuncia, y entrega, por encima de todo, y aún más por encima de todo, la convicción de que la muerte era un premio, y no un castigo, el todo o el nada, como se expresa en su frase definitiva, yo quiero patria libre o morir, y como queda expresado siempre a lo largo de todos sus escritos, bajo la convicción de que no sobreviviría: y si morimos, no importa, nuestra causa seguirá viviendo, otros nos seguirán.”
“El culto a los muertos no fue, agrega el autor, una orden que nadie dio nunca desde la jerarquía revolucionaria, sino la consecuencia de una convicción íntima alimentada en el ejemplo, con raíces en la tradición católica y a la vez indígena, que los rigores de la lucha clandestina llegaron a exaltar. La obligación de los vivos era ajustar su conducta a la de los muertos, recordar que estábamos en el poder porque ellos se habían sacrificado, porque habían asumido la muerte como una tarea. Había que recordarlo siempre, como lo escribió Ernesto Cardenal en un poema: Cuando te aplauden al subir a la tribuna, pensá en los que murieron / Cuando te llegan a encontrar al aeropuerto en la gran ciudad, pensá en los que murieron. / Cuando te toca a vos el micrófono, te enfoca la televisión, pensá en los murieron…”.
Y Leonel escribió sobre si mismo: “nací el 21 de marzo de 1949 en un valle al noreste del departamento de Estelí, Nicaragua, Centro América. Fui trasladado a la ciudad de Estelí en febrero de 1950: aquí estudie la primaria, inclinándome por las matemáticas. En 1962 fui a la Ciudad Universitaria (León), donde aprobé él ultimo grado de primaria, obteniendo el segundo lugar en clases, 1962-1966. Estudie secundaria en el Seminario Nacional de Managua. Termine mi ultimo curso de secundaria en el Instituto Nacional de Estelí, obteniendo el primer lugar en clases. Ahora llevo una vida de autodidacta, por no tener facilidades económicas para ingresar en una universidad. Actualmente escribo para novedades Cultural y me ejercito en ciencias exactas. De mis familiares tendré que decir: desciendo de pobres familias aunque honorables. Mi padre es oficial de carpintería y mi madre maestra empírica”.
Posdata:
Así esribía Leonel:
El Apolo 2 costó más que el Apolo 1
el Apolo 1 costó bastante.
El Apolo 3 costó más que el Apolo 2
el Apolo 2 costó más que el Apolo 1
el Apolo 1 costó bastante.
El Apolo 4 costó más que el Apolo 3
el Apolo 3 costó más que el Apolo 2
el Apolo 2 costó más que el Apolo 1
el Apolo 1 costó bastante.
El Apolo 8 costó un montón, pero no se sintió
porque los astronautas eran protestantes
y desde la luna leyeron la Biblia,
maravillando y alegrando a todos los cristianos
y a la venida el papa Paulo VI les dio la bendición.
El Apolo 9 costó más que todos juntos
junto con el Apolo 1 que costó bastante.
Los bisabuelos de la gente de Acahualinca tenían menos
hambre que los abuelos.
Los bisabuelos se murieron de hambre.
Los abuelos de la gente de Acahualinca tenían menos
hambre que los padres.
Los abuelos murieron de hambre.
Los padres de la gente de Acahualinca tenían menos
hambre que los hijos de la gente de allí.
Los padres se murieron de hambre.
La gente de Acahualinca tiene menos hambre que
los hijos de la gente de allí.
Los hijos de la gente de Acahualinca no nacen por
hambre,
y tienen hambre de nacer, para morirse de hambre.
Bienaventurados los pobres porque de ellos será la luna.
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