¿Un mundo feliz?


Violencia

16 de abril del 2007

En la televisión, un tableteo incesante de imágenes violentas: guerras civiles, represión policial, mortandades, estadios de fútbol que se transforman en campos de batalla, peleas callejeras, reacciones intempestivas entre vecinos, escuadrones de la muerte, pandemias, hogares que mutan en infierno, justicia por mano propia, terrorismo estatal. El cuerpo social acusa la perplejidad ante estos escenarios demoledores. Y en Neuquén mataron a un maestro.

En 1931, la Liga de las Naciones (la antecesora de la ONU) encargó al Instituto Internacional de Cooperación Intelectual que organizara un intercambio epistolar entre intelectuales representativos. Una de las primeras personalidades a las cuales se dirigió el Instituto fue el físico Albert Einstein, y él mismo sugirió como interlocutor a Sigmund Freud.

Con la imagen fresca de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Einstein envió su carta al padre del psicoanálisis, el 30 de julio de 1932, con la siguiente inquietud: ¿Hay  algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?”.

Tiró  a siete metros. A tan solo siete metros. En un instante el pequeño auto se llenó de humo. El vidrio de atrás destrozado, con un agujero de cráter ¿Bagdad? ¿Kabul? No, más cerquita. Mucho más cerca. En la Ruta 22, en Arroyito, provincia del Neuquén. República Argentina.

La respuesta de Freud no se hizo esperar: “Los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debería excluirse”. Agrega que con el devenir de la historia “cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder  de una comunidad (…) La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría a un nuevo imperio violento y el juego se repetiría sin término”.

Indignados. Sin miedo. Sus amigos, sus colegas o, simplemente, sus pares, lo sacaron del Fiat. Carlos Fuentealba tenía su cabeza ensangrentada por bala policial. Sus amigos, sus colegas o, simplemente, sus pares intentaron salvarlo: “quedáte, no te vayas, no nos dejes”. Sus amigos, sus colegas o, simplemente, sus pares no olvidaron –ni en ese instante de dolor innombrable– que no podía haber impunidad, que tenía que haber justicia: increparon a los matadores, les mostraron su ausencia absoluta de humanidad, juntaron las pruebas del crimen.

Al respecto el especialista en historia de la educación de la UBA y profesor universitario, Rafael Gagliano, alega que a la violencia “se la niega, se la descalifica, se la censura, pero no se trabaja sobre ella”. Cuando se observan hechos de violencia, estos generan impacto en las personas. Lo acercan al dolor, a la muerte, a la futilidad de la vida. Y sin duda, la violencia remite a la muerte.

La muerte: esa condición humana. Pero la muerte duele, aunque no nubla la vista. Miles se juntaron por Carlos. Y pidieron Justicia. Y clamaron memoria. Y demandaron nunca más. Ni la tele pudo ignorar esa voz que salió de la entrañas. Y es que miles salieron a decir que con la vida no se jode.

La sociedad no trabaja el tema de la violencia, dice Gagliano: “La educación ejerce un moralismo para no hacer nada: la escuela separa a los violentos, la policía los reprime, la justicia los condena, el Estado utiliza una violencia mayor para reprimir”. Por eso habla de “organizar la violencia porque ésta tiene energía, por eso hay que darle cause. Muchas veces se ejerce una violencia para intentar salir de una injusticia, para luchar contra la impunidad, para exigir el reconocimiento, porque los poderes constituidos aplican violencia sistemática para conservar su estatus”.

En este marco, Gagliano habla de la “salud de la resistencia”, que no acepta la violencia estatal, social, económica. Y subraya la importancia de organizar la violencia en el lenguaje de la resistencia: “La estrategia de la resistencia ante la estrategia del empobrecimiento, de la falta de trabajo, de la represión. La resistencia es un ejercicio muy poderoso ante la discrecionalidad del poder. Y es importante ese aprendizaje en la historia de la resistencia de los pueblos en América Latina”.

Justamente, los primeros sindicatos anarquistas se llamaron “sociedades de resistencia”, es piedra fundamental plantada por esa ideología libertaria que machacaba sobre un concepto muy hondo: pelear contra la violencia de los poderosos: la Iglesia, el Estado, el Patrón, en el caso puntual del movimiento anarquista.

Resistiré. Dicen esas caritas, que cantan el Himno con orgullo, que levantan los carteles con la foto del maestro, que dicen que las tizas no se manchan.

Para el fiolósofo alemán Friedrich Hegel la Revolución Francesa marca un antes y un después: el pueblo perdió sus miedos, arriesgó su vida, enfrentó a sus amos, e instauró lo nuevo: se terminó el orden sustentado por un déspota.

Y en Neuquén mataron a un maestro.

RECUADRO 1

Doble muerte

En la Edad Media a los suicidas se los volvía a colgar. Tenían dos muertes. La muerte propia, elegida, y la muerte civil. Ese tesón para quitarse la vida, no era aceptado socialmente. Por eso, doble muerte. La muerte primera desafía a Dios, al creador. La concepción cristiana medieval realizaba la segunda muerte para ejemplificar: “Esto no se hace”.

Fue el filósofo alemán George Friedich Hegel quien dijo que la  dialéctica del amo y el esclavo nace por el miedo a la muerte, lo que lleva a los individuos al sometimiento o a la dominación. Luego, cuando el esclavo desafía al amo, surge la ley, porque no aplica la misma lógica que el dominador anterior y se buscan los consensos, ese es el contrato social. Si las reglas no son respetadas, la ley produce el mismo efecto que tenía el amo, el castigo o la exclusión del transgresor de la comunidad.

RECUADRO 2

Chivo expiatorio

Por su parte, en su trabajo “El chivo expiatorio”, la investigadora Magally Ramírez dice: “La venganza es un proceso infinito, interminable. Es necesario investigar su papel dentro de las sociedades primitivas y modernas, su trasfondo temible. Se trata de averiguar cuál es la conexión entre sacrificio, violencia, ritual, venganza, víctima y crisis sacrificial. La sociedad desconoce lo que realmente esconde la violencia. Hay una evasión de la misma. El hombre moderno tiende a aplacarla.”.

En ese marco, el filósofo francés René Girard cataloga como un elemento fundacional a la ritualización. Indica que en las sociedades prejurídicas, esta función social apunta a aliviar «las tensiones internas, los rencores y todas las veleidades recíprocas de agresión en el seno de la comunidad».

Este concepto se refiere al efecto mimético de la violencia: una muerte se salda con otra muerte, en forma violenta siempre. Este siempre fue un temor de las sociedades antiguas. El temor al ojo por ojo, diente por diente. Y la ritualización, una práctica de los pueblos originarios en nuestro continente, por ejemplo, tiene ese sentido de parar la violencia: los cultos o ritos que tenían víctimas propiciatorias buscaban detener la violencia, a la que consideraban una enfermedad mortal.

RECUADRO 3

Impulsos bélicos

Volviendo a Freud en su respuesta a Einstein, este habla de que a pesar de los esfuerzos de muchas sociedades antiguas, e incluso modernas, por detener la violencia estas no logran morigerar todos sus impulsos bélicos: “Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival. Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas (…) Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se la conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles”.

Balcones:

«Los amos se diferencian de los criminales en que no necesitan ocultarse para perpetrar sus crímenes, porque son los amos» (George Friedich Hegel).

“Son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión a la violencia y las ligazones de sentimiento –técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad (…) La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto” (Freud).

Fuente: Periodico CTA. Abril 2007.

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