Una frase condensó como pocas el horror que no se puede volver a repetir: ¡Nunca más! Las dictaduras latinoamericanas apagaron miles de vidas. En Chile intentaron maquillar la verdad, pero el infierno no se puede trocar en cielo.
El errático presidente de Chile, Sebastián Piñera, decidió iniciar este 2012 dando bofetadas a diestra y siniestra. El proyecto: que en los textos de enseñanza básica no se denomine a la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) como tal, sino simplemente como “régimen militar”.
La amnésica iniciativa de cambio de “régimen militar” por “dictadura” fue hecha por el ex ministro de Educación, Felipe Bulnes, y lo aprobó el 9 de diciembre el Consejo Nacional de Educación, y el flamante titular de esa cartera, Harald Beyer, lo puso en marcha a pesar de que dijo que “yo reconozco que fue un gobierno dictatorial”. Las voces se alzaron. Muchas, incluso de sectores conservadores. “Tiene orejas de gato, cuerpo de gato, maúlla como gato y algunos quieren que se llame perro. Eso es dictadura, le pongan el nombre que le pongan”, graficó el presidente del Partido Socialista, Osvaldo Andrade.
Las cifras de asesinados, torturados, detenidos-desaparecidos, exiliados durante las dictaduras que arreciaron en toda América latina en la segunda mitad del siglo XX no dejan lugar, ni espacio ni tiempo, a interpretaciones. Volvieron sobre sus pasos, pero atentos, alertas, el gobierno de derecha en Chile pretendió que los niños de entre los 7 y 12 años de edad debían aprender que Pinochet no fue un dictador.
Algunos quieren un país de madrigueras.
Según cifras oficiales, durante el período dictatorial asesinaron a más de 3200 personas, 1.200 de ellas continúan desparecidas, 28.000 fueron torturadas y miles debieron exiliarse. En memoria de la vida y lucha del ex presidente Salvador Allende el olvido y la negación no pueden permitirse.
Quien pretende avanzar en proyectos así no tiene ni ética ni moral. Chile es hoy un país que, a 22 años del fin de la dictadura, se encuentra atrapado en leyes y decretos impuestos por Pinochet y que la democracia aún no ha resuelto.
Apenas una semana después, el periodista Juan Pablo Figueroa, del Centro de Investigación Periodística de Chile (CIPER), reveló uno de los hechos más siniestros de la dictadura pinochetista, el cual permaneció oculto por 38 años. Silencio impune.
Escribe Figueroa la historia de los fusileros de Laja. “Fue una cacería. En septiembre de 1973 los carabineros de la Tenencia de Laja apresaron a 14 trabajadores de la Papelera y Ferrocarriles, a dos estudiantes secundarios y dos profesores, a los que llevaron al Fundo San Juan donde los ejecutaron y enterraron clandestinamente. Todos los policías habían bebido copiosamente pisco que les envió la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC), la que también aportó vehículos para la caravana de la muerte encabezada por el agricultor Peter Wilkens. A pesar de la desesperada búsqueda de sus familiares, el pacto de silencio sobre lo que ocurrió aquella noche se mantuvo hasta agosto del año pasado”.
El de Centro de Investigación Periodística (CIPER) tuvo acceso a las declaraciones y documentos de esa investigación: “Entre ellos está la confesión del cabo Samuel Vidal el 14 de junio de 2011 ante la Policía de Investigaciones (PDI). Desde entonces comenzaron a surgir uno a uno los detalles sobre el destino de los 19 trabajadores que él y sus compañeros asesinaron por la espalda la madrugada del 18 de septiembre de 1973. Así se supo de los operativos de captura, de la ejecución en un descampado y del apoyo y financiamiento que dieron para su exterminio un importante empresario de la zona y en especial la CMPC de la zona”.
“El juramento que los carabineros de la Tenencia de Laja hicieron en noviembre de 1973 en el Puente Perales, cuando su oficial a cargo, el teniente Alberto Fernández Michell, se iba destinado a Antofagasta, se había roto: “Que si alguien abría la boca, había que pitiárselo entre los mismos compañeros”.
“Aunque habían pasado 38 años, muchos de los carabineros que trabajaron en la Tenencia de Laja en septiembre de 1973 pretendieron en 2011 mantener su juramento de silencio sobre lo ocurrido en la madrugada del 18 de septiembre de ese año . El sargento 1º (r) Gabriel González, por ejemplo, aseguró ante la PDI que no sabía nada de los 19 desaparecidos y que él sólo participó en algunas detenciones. Nada dijo de su pelea con Nelson Casanova esa madrugada justo antes de dispararles por la espalda. Y el mismo Casanova, quien según los testimonios se resistió a disparar, declaró: “En esa época había muy buena relación con los trabajadores de la CMPC, por lo que no tuve conocimiento de que hayan sido detenidos empleados de dicha empresa”.
“Fueron los testimonios de los que sí decidieron confesar los que le permitieron al ministro en visita Carlos Aldana emitir en agosto de 2011 una orden de detención para los 14 funcionarios aún vivos que participaron en las detenciones y en la ejecución de los trabajadores asesinados en el Fundo San Juan. Después de eso, todos comenzaron a hablar. El 18 de ese mes, Aldana realizó con todos los detenidos la reconstitución de escena de la cadena de hechos que acabaron con la vida de los 19 trabajadores. Fue un día clave, dramático. Después de eso, no quedaron más dudas: luego de cuatro días, el ministro procesó a nueve de los carabineros por homicidio y a uno por encubrimiento. Otros tres, los que esa noche se quedaron en la guardia, fueron sobreseídos. A pesar de la crudeza de los crímenes, hoy todos están libres”.
Hombres fríos impusieron la ley del dolor a hombres libres. La no posibilidad de un mañana.
Leamos a Primo Levi, su relato sobre los horrores supremos del nazismo en los campos de exterminio de Auswichtz. En el primer libro de su trilogía fundamental, Si esto es un hombre, pone en palabras: “Entonces por primera ve nos damos cuenta que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar el nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca”.
Eso debe permanecer: la verdad.
Posdata:
Si esto es un hombre (poema introductorio de la Trilogía de Auswichtz de Primo Levi)
Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si esto es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas al vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.
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