Abajo, en un vértice de la mesada en la que los asesinos del Che exhibieron al mundo su cuerpo como un trofeo, hay una calcomanía y un dibujo en aerosol. Están uno junto al otro. Casi pegados. Hermanados. Una es la imagen de Carlos Fuentealba; la otra el dibujo de una hormiga pintada en negro, el símbolo que representa a Claudio Lepratti, el Pocho.
Hay poesía en esta foto. Ese peregrinar de los hombres justos. Que se hace hondo y se hace bandera. En paredes, canciones, relatos, recuerdos, imágenes, testimonios, en gritos, rabias y ejemplos y esperanzas.
En esas expresiones aparecen sus historias. Sus vidas tan vívidas y vividas. Generosidades. Compromisos. Militancias. Siguen siendo. Y no dejarán de ser. Se multiplican. Panes y peces.
Pocho. Saliendo de Ludueña, el ángel de la bicicleta pedaleó hasta Bolivia. El Pocho, aquí y allá, «Te encontrás con lo político, lo religioso, lo gremial, lo docente. Pocho tenía esto de haber transitado, de haber caminado por tantos lugares, de haber tenido una militancia multifacética». Esto lo dice Celeste Lepratti, su hermana. Y ahí se cuelan las imágenes del Pocho. Estandarte, no sólo en el barrio rosarino de Ludueña: militante cristiano, militante de los derechos humanos, militante barrial, militante de ATE. Siempre militando. Las hormigas y la palabra “vive” se reproduce en paredes y aceras, y ahora, al lado del Guerrillero Heroico. Ernesto Guevara, el Che.
El Pocho tenía 35 años cuando la bala de plomo del policía Esteban Velásquez se alojó en la traquea y lo mató. Unos segundos antes de ese instante, sublevado de indignación ante esa policía que disparaba contra pibes y mujeres, se subió a la terraza de la escuela Nro. 756 del Barrio Las Flores, donde colaboraba con la preparación de la comida y gritó: «Hijos de puta, no disparen que hay pibes comiendo».
Carlos Fuentealba nació bien al sur. Cordillerano. En Junín de los Andes, correteaba a las puertas del Parque Nacional Lanín. Técnico químico y docente y comprometido y generoso. Su vocación docente y su fuerte estampa dejarán semillas. Su aura está en cada escuela. Y en la Higuera también se quedó.
El 4 de abril de 2007, a sus años, en la neuquina Ruta 22, en Arroyito, el policía Darío Poblete disparó a siete metros de distancia contra el vidrio trasero del pequeño auto en donde estaba Carlos. Tenía 40 años, una compañera de fierro, dos hijas. “Carlos nació en las montañas. Se fue a Neuquén a estudiar becado como mejor alumno, estudió en una escuela técnica, se recibió de Técnico Químico. Después trabajó en diversos lugares de empleado, luego empezó a volcarse a un trabajó mas sindical que fue el trabajo en el sindicato de los obreros de la construcción, la UOCRA. El en ese momento me conoce a mí como maestra que recién llegaba a Neuquén y ahí nos enamoramos”. relata Sandra, su mujer.
Multiplicados
“De quererte cantar sufro disnea / bastante más allá de tu mirada / tu sombra brilla hoy en la pelea mayor / de la conciencia y la razón”, le canta Silvio Rodríguez al Che, a este “hombre sin muerte”. Al igual que el Pocho y Carlos son hombres y son memoria. Celeste explica: «Después del asesinato de Pocho se empezó a decir, pensar y sentir que él no está muerto. Por eso insistimos en esto de que ¡Pocho Vive! porque no lograron matarlo, sino que con esa bala en realidad lo multiplicaron.
«No sólo fue un gran maestro en una escuela, fue un gran maestro de sus hijas, fue un maestro conmigo… Más que decirles que fue un militante, puedo decir que Carlos fue un militante de la vida». Enuncia Sandra en la escuela donde daba clase, Cuenca 15, enumeran un rosario sobre las condiciones humanas de Fuentealba. Sus alumnos le pusieron el “Rey”.
«Era un tipo genial, comprometido con sus alumnos, con su familia. Estaba muy contento porque se había comprado en un híper, en doce cuotas, una hormigonera con la que haría el patio de su casa y otros proyectos más», cuentan. «El profe Carlos fue el primer luchador de esta escuela. Su carisma, su timidez, su bondad, sus ganas de luchar por conseguir cosas… No lo vamos a olvidar jamás», evocan sus alumnos que ahora llaman a su escuela como «Carlos Fuentealba». «Era un tipo genial, siempre nos aconsejaba, no sólo en cosas del estudio, sino por cualquier cuestión familiar», añadieron.
Un largo viaje
Como símbolos de lucha han viajado lejos. El pueblo tiene eso, sabe donde se mecen sus héroes. Como Teresa o Felipe Vallese. Y Lepratti y Fuentealba han emprendido ese viaje desde el corazón del pueblo.
Y están allá, en Vallegrande, a la sombra del Che.
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