Texto publicado en el libro «4 de 5, el Tigre te mata»


Mis hijos serán Tigres

07 de febrero del 2014

Creer o reventar. No hay término medio. Se cree o no se cree. Y cuando se cree, es con fervor. Con tanto. Y en estas lides no hay lugar para la tibieza ni pasiones edulcoradas: el fútbol es como la fe. Es solo para creyentes. No se la analiza, no se buscan explicaciones lógico-racionales, no se hacen tratados científicos. No. Se cree sin preguntar razones.

Si alguien me hubiese dicho que a los 39 años me iba a enamorar perdidamente de un club que no fuera Boca Juniors mi respuesta hubiese sido contundente. En una palabra: “Jamás”. Ah… y con grandes signos de exclamación y mayúsculas: “¡JAMÁS!” Pero, de repente, en mi corazón se abrió una hendija, el camello ingresando por el ojo de una aguja, aunque en este caso el que se coló fue un tigre, un poderoso tigre en tonos intensos de amarillo y negro. Ahora, una parte de mi corazón es aurinegro: será aurinegro por siempre. Rompiendo todo argumento razonable mis dos clubes conviven sin rispideces ni contradicciones en la tierra fértil de mi corazón. Pasiones complementarias, hermanadas en sus historias heroicas y legendarias. Confirmado: se puede tener dos amores.

1994. Año de mi primera visita a Bolivia. Año en que la descubrí y me fasciné. Viene un recuerdo: transito la peatonal Comercio en zigzag, esquivando transeúntes, puestos callejeros -postales de la intensa vida paceña. De un local deportivo cuelgan, en crisol, camisetas de fútbol, delante de todas resaltan las de la clásica rivalidad de La Paz, una junta a la otra, la amarilla y negra del Strongest, la celeste del Bolivar. Sin razón alguna, sin conocer su historia -mejor dicho, su gloriosa historia- me llevé la gualdinegra, fue la primera camiseta que compré en Bolivia. Fue la del Tigre. Pero no voy a mentir, no puedo decir que en ese momento me haya hecho atigrado, el amor llegó mucho después. En ese momento era una camiseta, que había elegido por un extraño designo del azar. Un capricho.

Algunos años antes, en una fecha que no puedo precisar, está mi mamá contándome historias de fútbol. Ella era de Boca y su amor por esos colores me los legó a mí. Era una fanática de una pasión tal que rozaba, a veces, la insania. Se ponía a flor de piel cada vez que escuchaba un partido, tenía cábalas, pero no una, varias, las iba sumando, las cambiaba, imposible seguirle el tren de las interpretaciones místicas.

Además, insultaba como camionero, una puteadora serial. Creía que todos complotaban contra Boca, el árbitro, los dirigentes, las gallinas, el Presidente de la República, hasta Dios. Era capaz de arrojar cosas contra la pared, silenciosa testigo de las broncas futboleras de mamá. Esa locura se desarrollaba en su cama, allí escuchaba los partidos, mientras tomaba mate y anotaba en un cuaderno todos los resultados de la fecha. Ese era el escenario de sus máximas alegrías y sus mayores tristezas.

Pero mamá tenía otra pasión futbolera, le gustaba recordar acontecimientos de la historia de Boca, mezclada con sus propias anécdotas de cuando iba a la Bombonera con mi abuelo. Cuando empezaba, no paraba. Una máquina de evocar y ese traer al presente la hacía feliz, muy feliz. “No sabés, Mariano, lo que se jugaba en los ’60 y ’70, qué equipazos, eran tan buenos que los domingos veíamos los partidos de Tercera, Reserva y Primera, sí, tres partidos al hilo, pero qué fútbol se jugaba en esos tiempos”. O su felicidad de un barrio de La Boca que perdió sus peculiaridades de antaño: “En los tiempos de Alberto J. Armando, cada vez que Boca ganaba, en la pizzería Banchero se hacían mil pizzas, la mitad las pagaba Armando (presidente histórico de Boca Juniors) y la otra Banchero. ¿Quién te regala algo hoy en día?”.

Y en ese mar de anécdotas, mamá fue la primera en contarme de la tragedia de Viloco, se acordaba el año: 1969. La fecha exacta la aprendí más tarde residiendo en La Paz: 26 de septiembre. Siempre construí en mi mente cabezas periodísticas de las cosas que me contaban. El orden de los datos, las cinco W y la pirámide invertida se construyen en mí. También escribo en mi cerebro un cable de agencia de noticias de la tragedia de Viloco: “El vuelo DC-6B de la compañía Lloyd Aéreo Boliviano que partió de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra no llegó a su destino, La Paz. 74 pasajeros murieron, entre ellos todo el equipo de primera división del club Strongest, en lo que se constituye como una de las mayores tragedias aéreas en la historia boliviana; aún se buscan los restos”.

Ahí mamá me contó que dos jugadorazos juveniles, que ella veía en la reserva de Boca: “Alberto J. Armando los prestó gratis a un club de Bolivia a dos pibes que la rompían: Romero y Bastida. Con ellos como figuras salieron campeones al año siguiente de la caída del avión donde se murió todo el equipo”. Mamá no se acordaba entonces cuál era el cuadro y yo jamás me imaginé que era el de aquella camiseta negra y amarilla que me compré años más tarde y del que me haría seguidor 25 años después. El capricho cerraba su círculo virtuoso. Ahora sé de Luis Bastida y de Víctor Hugo Romero, el “Zorro” y “Romerito” como los conocemos los atigrados. Y es un orgullo que mi Boca y mi Tigre tengan esta historia de parentesco, que en la mítica Curva Sur, el paralelo a La 12 en la Bombonera, haya una bandera que reza que «Tigre y Boca son un solo corazón».

A mi mamá le encantaba recordar los viejos tiempos. Añorados viejos tiempos. Sentía que esa felicidad del pasado era una perla. Y cómo no creer que a veces la vida viene cargada de magia, cómo no creer en conexiones cósmicas,; The Strongest es para mí, un cordón de plata (aurinegra) del pasado al presente. Ahora cobra más sentido esta historia que podía haber quedado en los anaqueles de la desmemoria.

Y ahora vivo en Bolivia. Cuando juega el Tigre voy desde mi casa en Sopocachi hasta el Hernando Siles. Camino las 20 cuadras, cruzo el puente de Las Américas y le pido al majestuoso Illimani que ganemos. Me alisto en la Curva Sur, a la derecha de la gloriosa Ultra Sur 34, con mi casaca amarilla y negra a rayas verticales firmada por el más grande marcador central que alguna vez haya tenido el Strongest, el mariscal del área, el gran Ricardo “Tano” Fontana.

Cada domingo aliento con el corazón. Pero el cierre del 2013 el grito de campeón lo tuve que hacer solo, lejos de mis hermanos desconocidos de la Curva Sur, a 2.242 kilómetros de distancia y sobre el nivel del mar. Bien lejos. Bien abajo. Es que el 20 de diciembre viajé para Buenos Aires, de visita, a pasar las fiestas con la familia, a reencontrarme con los amigos. La desquiciada organización del fixture del fútbol boliviano hizo que me perdiera el último partido del campeonato. Les aseguro que los insulté con profusión y alevosía. ¡No podían terminar el torneo una semana antes! No, la última fecha del campeonato se programó para el 22 de diciembre. Meses yugando en la Curva y me roban el partido de la gloria.

El pasaje ya estaba sacado desde hacía un par de meses, casi imposible de cambiar y justo a la última fecha llegó el Tigre con opciones de campeón, a un punto, a un suspiro por debajo del clásico rival. Luego de remar casi todo el campeonato desde atrás, jugando con más amor propio y garra, que con buen fútbol, para colmo perdiendo los dos superclásicos con los de enfrente, que nos sacaron, en un momento del campeonato, siete puntos de distancia.

Nos miraban por el espejo retrovisor y se reían, ya saboreaban el “Bi” los millonarios del fútbol boliviano. Pero como nade muere en la víspera, inspirados en los que regaron su sangre en Cañada Strongest, en los que murieron en la tragedia de Viloco, en los que saben que vestir esta camiseta implica nunca rendirse ni aún vencidos, salimos campeones.

Se preguntarán cómo seguí el partido contra Real Potosí. Bueno. Maravillas de la tecnología, lo hice a través del pasional Twitter oficial del club (@ClubStrongest), y para saber cómo iban los de enfrente con el insípido Twitter del Bolivar. Abro paréntesis aquí para hacer una confesión (la ausencia de nuestro estratega y capitán Pablo Escobar me preocupaba. Siempre, por historia, la fe ciega está. Pero sin él la fe se me ponía un poco racional. El Pájaro nos cubre dos puestos, es un diez clásico con panorama y gambeta hacia adelante y además con características de nueve goleador, ni hablar el liderazgo que ejerce sobre el equipo dentro y fuera del verde césped). Cierro.

Pero raudamente me despojé estos pensamientos engüalichados de encima y dejé que la irracionalidad se apoderara de nuevo de todo mi ser. Ceremonia de final: me preparé un fernet bien cargado, me puse mi camiseta firmada por el “Tano” y unos pantalones cortos de Boca, me senté frente a la computadora, me froté las manos y los tuits empezaron a pasar uno a uno.

Nervios. Era puro nervios. Me paraba, me sentaba, ponía actualizar cada 30 segundos. Una tortura seguir un partido por Twitter. Nada cambiaba: 0 a 0 ambos partidos. Como esos locos con ataque de furia repentina, a los 40 minutos del primer tiempo me desbordé con este tuit: “Goooool 40′ The Strongest 1 Real Potosí 0”. Revoleé la camiseta. Paño sagrado agitado sobre mi cabeza. Nuestra parte estaba hecha. Afloja la tensión, un poco de alivio, que apenas unos minutos después se transforma en fervor y fe ilimitada. “Gol de Nacional…”, decía el tuit del Bolivar desde Potosí. Con este resultado salíamos campeones. Esos puntos suspensivos, lacónicos, del tuit bolivarista eran la demostración de la frustración absoluta. Venían galopando solitarios y en la línea de llegada, qué golpazo se pegaron. Puño al aire. Siiiii, gloriosa Potosí y oh, paradojas del destino, la camiseta de Nacional es igualita a la del River Plate, el archirrival de mi Boca. Pero en este caso, eso es apenas un detalle de indumentaria. El segundo tiempo trajo la tranquilidad desde el Siles (3 a 0), y el Twitter stronguista me cuenta que el stadium es una caldera, el grito de “Tigre, Tigre, Tigre” colma los cuatro rincones, “es ensordecedor”, me relata que la Curva Norte hoy está más linda que nunca teñida de amarillo y negro. El Twitter del Bolivar es la desolación: ni una palabra de aliento, ni una puteada, ni una arenga, es la resignada capitulación de un vencido.

Sólo escribe cada cinco minutos el resultado del partido: “Nacional 1 – Bolivar 0”. De todas formas, estoy nervioso hasta el final, es que el Bolivar ganó demasiados partidos sobre la hora, especialista en meterla en el estertor del pitazo final. Además, peor que escucharlo por radio es seguirlo por Twitter, la incertidumbre es total. Pero después de 11 tuits iguales, con el resultado del partido inexorable, el @Bolivar_Oficial anuncia con desconsolados puntos suspensivos: “Terminó el partido…”. Los tres puntos más dolorosos.

Ganar un campeonato es una alegría inconmensurable, pero además sacárselo del buche al clásico rival, es la sensación más hermosa del mundo.

Jamás pensé que me iba a hacer hincha fanático de otro club que no fuera Boca Juniors, pero The Strongest se coló en mi vida. Jamás pensé en seguir un campeonato vía Twitter. ¡Qué sufrimiento! Transpiré, recé, rogué, supliqué, me estremecí, grité los goles como loco, en soledad absoluta. Tantas sensaciones etéreas: expansión del cuerpo, elevación del mismo muchos centímetros por encima del suelo, revoleo de camiseta, grito al cielo, felicidad inexplicable. Tal la expresiva y religiosa alegría de hincha.

Una certeza tengo del día que sea padre. Una sola: mis hijos serán de Boca y del Tigre. Y será a ellos a quiénes les relataré, como me contó mi mamá, la tragedia de Viloco. Y tampoco faltará la historia sobre aquel campeonato que The Strongest ganó el 22 de diciembre de 2013, que yo seguí y festejé vía Twitter.

Este cuento forma parte del libro «4 de 5, el Tigre te mata. Crónicas de un día de gloria»

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