Culminaba la década de 1980 y, mientras los países de Sudamérica batallaban por recuperar la democracia tras la imposición de cruentas dictaduras militares apoyadas vehementemente por Estados Unidos, el Consenso de Washington buscaba imponer el neoliberalismo mediante recetas dictadas por los mismos organismos que habían avalado la desaparición forzada, la represión salvaje, la censura de prensa y los ajustes económicos para preservar sus intereses.
El FMI, el Banco Mundial y el Tesoro estadounidense pretendían –como ya lo habían hecho durante la crisis de la deuda externa– imponer a las nacientes democracias latinoamericanas políticas de liberalización comercial, desregulación, privatización y libre circulación de capitales extranjeros. Todo ello configuraba una nueva forma de vasallaje alineada con la siempre vigente Doctrina Monroe. La nave insignia de esa ofensiva sería el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA).
Los primeros esbozos del ALCA se firmaron en 1994 durante la Primera Cumbre de las Américas, en Miami, y en las ediciones posteriores fue tomando forma. Once años más tarde, en la ciudad argentina de Mar del Plata, la cuarta edición debía sellar su aprobación definitiva. El entonces secretario de Estado de George W. Bush, Colin Powell, lo dijo sin pudor: “Nuestro objetivo es garantizar para las empresas norteamericanas el control de un territorio que se extiende desde el Ártico hasta la Antártida”.
Pero la historia dio un giro. La llegada al poder de gobiernos de izquierda en Venezuela (Hugo Chávez), Brasil (Lula da Silva), Argentina (Néstor Kirchner) y Uruguay (Tabaré Vázquez) rasgó la alfombra roja que Bush imaginaba desplegada rumbo a la IV Cumbre. Complementariamente, se lanzó la Campaña Continental contra el ALCA, que articuló marchas masivas, huelgas generales y consultas populares, logrando instalar en la conciencia colectiva los riesgos de ese tratado para las naciones latinoamericanas.
El 4 y 5 de noviembre de 2005, Mar del Plata se convirtió en el epicentro de organizaciones populares de toda la región que confluyeron en la ciudad para decir “No al ALCA”. De aquella movilización histórica nació la Cumbre de los Pueblos –la llamada “Contracumbre”–, símbolo de resistencia y dignidad. Entre las imágenes más persistentes aún se rememoran la presencia de Diego Maradona, con una camiseta con la leyenda “Bush, criminal de guerra” y el rostro del propio Bush, desencajado, siendo vilipendiado por Kirchner, Lula y Chávez. Este último, en un Estadio Mundialista colmado, pronunció una frase que aún resuena: “Cada uno de nosotros trajo una pala, una pala de enterrador, porque aquí en Mar del Plata está la tumba del ALCA”.
Veinte años después, muchos de aquellos protagonistas regresaron a Mar del Plata no solo para reivindicar aquella gesta, sino también para alertar sobre un nuevo proyecto de dominación neocolonial, esta vez impulsado por Donald Trump. En el encuentro, que simbólicamente se hizo en el teatro donde Bush recibió aquel estridente “No”, se reafirmó la vigencia de la integración, la soberanía de los pueblos y la unidad frente al avance del neofascismo.
Las organizaciones participantes consensuaron un documento que advierte que, dos décadas después, el mundo enfrenta “mayores niveles de desigualdad, injusticia y autoritarismo”, producto de una creciente concentración del poder financiero y tecnológico que profundiza la pobreza y restringe la autonomía de los países del Sur Global. Los firmantes denunciaron además el peso asfixiante de la deuda externa –que en promedio equivale al 37% del PIB regional– y exigieron “una profunda reforma del sistema financiero internacional, junto con la condonación de las deudas ilegítimas”.
Entre sus principales ejes, la declaración reafirma a América Latina y el Caribe como una zona de paz, condena el bloqueo económico a Cuba y las amenazas militares de Estados Unidos contra Venezuela, y extiende su solidaridad con Palestina, Haití y otros pueblos víctimas de guerras o coerción económica.
Mientras Donald Trump libra una guerra imaginaria en las aguas del Caribe y lanza amenazas a diestra y siniestra, las organizaciones proponen un modelo de desarrollo con justicia social y ambiental, con trabajo decente, soberanía alimentaria, igualdad de género, economía del cuidado y protección de los territorios. “La integración desde los pueblos es el camino para construir una democracia real frente a los nuevos desafíos del siglo XXI”.
Publicado en: https://www.nosdiario.gal/articulo/internacional/20-anos-non-ao-alca/20251113215022239501.html
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