Vuelta de Obligado


La batalla silenciada

20 de noviembre del 2010

A decir de José de San Martín esta resistencia es “de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España”. Y es necesario que los acontecimientos que erigieron nuestro orgullo argentino sean dimensionados. Hace 165 años se les presentó combate a las fuerzas navales combinadas de Gran Bretaña y Francia a pesar de la desigualdad manifiesta. Un hito.

El 20 de noviembre de 1845 es la fecha de una derrota militar, pero también el de una victoria política que se irradió en el tiempo y sentó las bases del orgullo nacional a pesar del silencio de las corrientes historiográficas liberales y de los neutrales. La batalla de la Vuelta de Obligado, en la que la Confederación Argentina, entonces gobernada por Juan Manuel de Rosas, le presentó combate a las flotas más poderosas de su tiempo, las de las potencias europeas de la época, Inglaterra y Francia, que pretendían violar la soberanía nacional mediante la incursión de los ríos interiores del litoral. Es la historia del coraje y la resistencia al imperialismo.

Las agresiones extranjeras a la Confederación Argentina habían comenzado en agosto de 1845 cuando escuadras británicas y francesas atacaron la isla Martín García y la costa del Río Uruguay. En ese acto apresaron a buena parte de la escuadra argentina. Entonces la flota anglo-francesa organizó una invasión por el río Paraná para abrirlo a la navegación internacional. Los unitarios, opositores al gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829-1832 y 1835-1852), azuzaron los odios imperiales asegurándoles que su llegada produciría una oleada de apoyo popular.

22 barcos de guerra y un centenar de buques mercantes, con la tecnología militar más avanzada de la época; blindados, con artillería capaz de hacer mucho daño y con más 880 hombres armados. Pensaron que venían de paseo y que las poblaciones locales les agradecerían su campaña para garantizar la libertad de comercio. La única libertad en la que creen.

Rosas ordenó resistir en Vuelta de Obligado, próximo a la localidad de San Pedro, un recodo donde el río se angosta a unos 700 metros. La idea era emboscarlos con apenas seis barcos mercantes, cuatro baterías con dieciocho cañones, servidas por 160 artilleros y 60 de reserva, acompañados por un millar de milicianos, todos a las órdenes del general Lucio Mansilla. El río se cerró con tres cadenas.

“Se combatió encarnizadamente durante siete horas, con gran despliegue de coraje por ambas partes, Nuestras fuerzas lucharon hasta que se les acabaron las municiones y fueron desmantelados los baluartes y desmontadas las baterías por el intenso fuego enemigo. Finalmente, los aliados pudieron forzar el paso y apoderarse de la posición. En esta acción, que dejó 650 de los nuestros fuera de combate contra 150 del enemigo, este obtuvo un triunfo relativo, pues sí forzó el paso, fracasó en su tentativa de ocupar las costas. Su importancia estratégica fue por ello escasa”, explica Ernesto Palacio en Historia Argentina (1515-1976).

Claro estaba que no tenían chances. Pero esa resistencia fue un parteaguas. Una bisagra. Lo que hizo la diferencia fue justamente presentar batalla, resistir, a pesar de todo.

Como señala Palacio: “Su importancia política fue en cambio grande para la causa nacional, porque vigorizó el espíritu de resistencia y despertó a la realidad a mucho que, por ofuscación ideológica, se inclinaban a simpatizar con las armas ‘civilizatorias’. Tal fue el caso del coronel unitario don Martiniano Chilavet, quien se consideró ‘desligado del partido al que servía’, porque veía que invocaba ‘doctrinas a las que deben sacrificarse el honor y el porvenir del país’y que establecían como principio ‘la disolución de la nacionalidad’”

Los invasores no encontraron expandir sus mercados, las poblaciones locales hicieron su aporte a la resistencia negándose a cualquier intercambio. Los opositores a Rosas tampoco tuvieron beneficio alguno. Quizá ahí pudieron comprender la naturaleza popular de su gobierno. Para invasores y unitarios, ganancia cero. Ambas potencias entonces extendieron hasta 1848 un bloque comercial contra la Confederación Argentina pero que debieron levantar sin resultado ni cesión alguna. Una derrota consumada. Contundente. Lapidaria.

En la otra vereda Rosas multiplicó apoyos fuera y dentro del país en rechazo a esta invasión extranjera. Elogios llegaron de múltiples regiones. El propio libertador José de San Martín puso su espada y su persona a disposición y elevó al gobernador con el título de “defensor de la independencia americana”.

Es la historia de una batalla silenciada intencionalmente que hoy fue puesta nuevamente en primer plano. Este hecho fundante de la identidad nacional y la lucha por la soberanía es fecha patria por la promulgación que le otorgó la presidente Cristina Fernández haciendo justicia.

20 de noviembre. Día de la Soberanía.

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